Construyendo el oratorio de “Rouvray”. Obediencia heroica

Conocí a D. José María Hernández Garnica en Los Rosales, una casa de retiros cercana a Madrid, cuando viví allí en 1956-57. Venía a darnos cursos. Le llamábamos “el nuestro”, pues San Josemaría le había confiado principalmente la atención de las labores del Opus Dei con las mujeres. Era muy práctico para organizar una granja, como la que disponíamos allí, para que aprendiéramos a alimentarnos sin demasiados gastos: unos cerditos, unos conejos, y unas gallinas, de las que me ocupaba yo. En las charlas nos hablaba mucho del Padre; eran charlas sobre el espíritu de la Obra.

Más adelante volví a encontrarme con él en París donde llegamos en junio de 1958. Habíamos pasado un año en Roma esperando salir para comenzar la Obra en Francia, pero como nuestro Padre quería que abriéramos una residencia de estudiantes, la salida se retrasó, pues era difícil encontrar una casa adecuada.

Recuerdo que el 19 de marzo de 1958 estábamos en una tertulia con San Josemaría y le dije que también era el santo de D. José María, consiliario de Francia. Y san Josemaría nos habló de él y nos pidió que encomendáramos las gestiones que hacía en París para encontrarnos una casa. Después supimos que se logró gracias a la generosidad de D. José María con su herencia.

Y, efectivamente, a principios de junio de 1958 recibimos la noticia de que ¡ya teníamos la llave de la casa de París!

Caterina y Therese, las dos primeras numerarias francesas, que estaban en Roma, fueron las primeras en ir a París, donde llegaron el 14 de junio de 1958. Nada más llegar, llamaron a D. José María. De él recibieron el afecto y apoyo de un hermano mayor. Fueron del hotel a la casa futura de “Rouvray”. D. José María les esperaba y les explicó los trabajos que debían hacer. Yo y unas pocas más llegamos a París desde Roma el 26 de junio de 1958 a las 9h.

Altar de Rouvray

Altar de Rouvray

Coincidía que D. José María había ido a Roma para celebrar los catorce años de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, el 25 de junio. Cuando volvió de Roma nos trajo, de parte del Padre, todo lo que faltaba para celebrar la santa misa, que tuvimos, por primera vez, el 26 de junio a las 9h.

D. José María vino para conocernos y, como buen ingeniero que era, dirigió todos los trabajos que hacían falta para que la casa estuviera lista para abrir en octubre con 40 residentes.

Su primera preocupación fue el oratorio; él mismo fue a comprar la madera necesaria para hacer el altar. Yo lo pinté y escribí la jaculatoria ” Mandatum novum…” Los iconos del retablo nos los dio el antiguo ocupante de la casa.

Todo estaba listo para celebrar la primera misa. El oratorio era provisional y estaba situado en una sala de la primera planta. Pero el día previsto, antes de la meditación, todavía no lo había terminado de pintar, y me dijo: “no podemos esperar; haz la oración pintando”. Y la Misa se pudo celebrar a la hora prevista. Era el 9 de julio de 1958.

D. José María había comprado hacía tiempo un sagrario pensando en nosotras: “para cuando vengan las chicas”.

Él nos enseñó a vivir la pobreza. Lo aprovechaba todo. Por ejemplo, los marcos de la casa vieja se transformaban en marcos para los cuadros. Nos enseñó a pegar imágenes de iconos y quemarlas, imitando cuadros antiguos para decorar la casa. Con el tiempo fuimos expertas y pudimos vender las puertas viejas transformadas en biombos.

Un día, viendo nuestro presupuesto de cocina, nos preguntó si con este presupuesto comíamos carne cada día. Le tuvimos que aclarar que comíamos carne de caballo, que era muy barata.

Recuerdo que D. José María Hernández Garnica acompañó a san Josemaría y D. Álvaro la primera vez que vinieron a “Rouvray”; era el 31 de julio. Visitaron la casa y D. José María les enseñó el oratorio definitivo previsto para veinte personas. Pero san Josemaría encontró el oratorio demasiado pequeño: “si tiene cuarenta residentes, el oratorio debe tener cuarenta lugares”.

D. José María había previsto el dinero justo para los trabajos. La modificación suponía un desequilibrio difícil de recuperar. Pero él nos dio un ejemplo de obediencia heroica e inmediatamente (se veía que sufría) nos dijo que había encontrado una solución: cogería la parte prevista como sacristía para ampliar el oratorio y la sacristía se construiría cogiendo una parte del jardín.

Él personalmente hizo el retablo que presidiría el nuevo oratorio; también construyó el nuevo altar sirviéndose del antiguo sobre el que san Josemaría había celebrado la misa.

Tengo muchos recuerdos de aquel oratorio y de D. José María, pues también nos predicó la primera meditación para las residentes; estaban dos: Mª Luisa, de Barcelona, y Edith, de EEUU. Recuerdo también que hicimos nuestro primer curso anual en Francia en septiembre de 1959. D. José María nos había dicho que sería bueno que numerarias de otros países pudieran venir a hacer el curso con nosotras “para que no veáis siempre las mismas narices”. Muchas vinieron de España, y Amelia D. G. de Londres. Nos dio un curso sobre el espíritu de la Obra, en el que nos habló de los primeros tiempos del Opus Dei y cómo nacieron las costumbres.

Otro día volviendo de un viaje a Bélgica me dijo: “¿duermes bien?” Sabía que a veces tenía insomnios.

Ya han pasado 55 años, y estos recuerdos, con la perspectiva del tiempo, ganan en profundidad. Realmente, D. José María, Chiqui, “el nuestro”, era un padre para nosotras.

Meri Lladó, París 2014

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