Maestro de buen humor

D. José Luis Soria, Canadá 2009

Reproducimos parte de una entrevista en la web de San Josemaría, a D. José Luis Soria, «Maestro de buen humor», donde refiere su reacción ante la enfermedad de D. José María Hernández Garnica. Don José Luis Soria, conoció a san Josemaría en 1953. Médico, se ordenó sacerdote en 1956 y desde ese momento, hasta el último día que San Josemaría pasó en la tierra, vivió a su lado, en Roma. Actualmente ejerce su labor sacerdotal en Canadá.

Roma, 23-4-1973

¿Cómo reaccionaba ante los sucesos objetivamente malos: calumnias, la falta de fidelidad a Jesucristo, o la grave enfermedad o muerte de alguna persona querida?

Le he visto siempre reaccionar con un gran sentido sobrenatural, como un hombre de gran corazón y de una fe auténtica. Según la naturaleza de la contradicción, podía reaccionar con tristeza si el suceso implicaba una falta de fidelidad a Jesucristo, ya fuera una calumnia o una falta de generosidad con Dios. Pero se aplicaba la fórmula que nos aconsejaba siempre: rezar, callar, sonreír, perdonar.

Guatemala, 19-2-1975

Recuerdo su dolor, y su paz, al mismo tiempo, cuando recibió la información médica sobre la enfermedad que sufrió (y de la que falleció) don José María Hernández Garnica, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Me pidió que le explicara con detalle el informe, que estaba redactado con lenguaje técnico. Estábamos los dos solos en una habitación, y cuando empecé a aclarar el significado del diagnóstico y del grave pronóstico médico, San Josemaría comenzó a llorar desconsoladamente. Cuando terminé de leer, me dijo: perdona, hijo, por el mal ejemplo que te he dado, pero así has visto también que el Padre tiene corazón. Y a continuación recitó muy despacio, como paladeándola, la oración que había incluido en el punto 691 de Camino: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. -Amén. -Amén.

Una familia cristiana: sabor de hogar

Reproducimos unas páginas de «Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei«, de Salvador Bernal Explica el sufrimiento y el cariño de San Josemaría ante la enfermedad de D. José Mª Hernández de Garnica y de otros miembros del Opus Dei.

El 25 de mayo de 1975 recibe la medalla de oro de Barbastro, ciudad natal de san Josemaría

“Muchas veces –expresa don José Luis Múzquiz, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, junto con don Álvaro del Portillo y don José María Hernández de Garnica– he visto al Padre, aun teniendo mucho trabajo, pasarse tiempo junto a un enfermo, dándole visión sobrenatural, contándole cosas para distraerle, haciendo alguna norma de piedad con él”.

En los años setenta, cuando empezó a estar muy enfermo don José María Hernández de Garnica –Mons. Escrivá de Balaguer le llamó siempre con su apelativo familiar, “Chiqui”–, don José Luis Múzquiz recibió en febrero de 1972 una carta de don Álvaro, diciéndole que “Chiqui está muy mal de salud”, y que quiere “el Padre que te lo escriba yo directamente para que reces”. Al leer esto, don José Luis se acordó de que, igual que, con la enfermedad de Isidoro Zorzano –como las madres cuando están sus hijos pequeños enfermos– el Padre presentía algo grave, antes del diagnóstico de los médicos. Lo mismo sucedía en esta ocasión: don José María Hernández de Garnica había ido a Roma y en cuanto el Padre lo vio, lo mandó inmediatamente a que le hicieran una revisión médica a fondo.

La víspera de la Fiesta de la Inmaculada –7 de diciembre (le 1972– murió en Barcelona don José María. Poco después, don José Luis Múzquiz recibía una carta de Roma:
Me ha llegado hace unos momentos la dolorosísima noticia del fallecimiento de Chiqui (q.e.p.d.). Bien purificado se nos lo ha querido llevar el Señor. No puedo ocultarte que he sufrido –que sufro mucho–, que he llorado.
Haz muchos sufragios por él, y pide a todos que los hagan, aunque estoy seguro de que ya no los necesitará. Encomiéndale –yo lo he hecho desde el primer momento– todas las cosas que llevamos en e1 corazón, que Chiqui seguirá empujando, como ha hecho siempre, muy cerca de la Santísima Virgen.
Que estés sereno y con paz: el Señor sabe más.

Así en la muerte, como en la vida. Encarnación Ortega subraya la delicada ternura del Padre: “Intuía nuestras preocupaciones, nuestro estado de ánimo”. Y detalla manifestaciones bien concretas de cómo hacía compatible ese cariño suyo –materno– con la energía en la corrección y la fortaleza de un padre que sabe exigir a sus hijos, también porque los quiere. Así, cuando llegaban a Roma asociadas de la Obra, generalmente para cursar estudios, se preocupaba de que se les facilitase la ambientación, especialmente si venían de países lejanos, muy distintos: evitarles los rigores del clima, hacer que se incorporasen gradualmente a las comidas italianas, proporcionarles la compañía de personas que hablasen su idioma.

Encarnación Ortega estaba en Londres en septiembre de 1960. Poco antes, algunas asociadas del Opus Dei habían marchado a Osaka y Nairobi. Comenzaban el trabajo apostólico de la Obra, como siempre, con muy pocos medios materiales. El Fundador, que por aquellos días se encontraba en Londres, sentía en su corazón la premura de llamarles por teléfono para tener noticias directas de ellas. Preguntó cuánto costaría, y calculó que, prescindiendo de otras cosas, podrían hacer ese gasto. Y lo hizo. Le venció su corazón de Padre.

Pero el cariño no excluía la fortaleza, que era un modo distinto de manifestar ese cariño. Nunca dejó de corregir: ni en asuntos de fondo, en que estaban en juego aspectos medulares del espíritu del Opus Dei, ni en cuestiones menudas, aparentemente sin importancia.

Porque sabía querer, supo corregir. Sus advertencias no herían, no aplanaban. Ponía tal afecto –por enérgica y clara que fuera la corrección–, que todos se sentían queridos, y animados a hacer las cosas bien.

Este afecto determina que el Opus Dei sea familia, fuera de todo eufemismo. Y ese cariño alcanza especialísimamente a las familias de los socios de la Obra.

Fruto de su meditación del quinto misterio gozoso del Santo Rosario –el Niño perdido y hallado en el Templó–, el Fundador del Opus Dei había escrito: (…) Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús –;tres días de ausencia!– disputando con los Maestros de Israel (Le., II, 46), quedará muy grabada en tu alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial.

Era una obligación clara, siempre vivida así en la Iglesia. Pero también, siempre que fuera posible, quería el Fundador del Opus Dei que los socios de la Obra que no vivían con sus padres los acompañasen en los momentos duros, al menos –cuando les resultaba imposible estar físicamente a su lado– con su oración incesante, con sus continuas cartas, o con la compañía de otros socios de la Obra.

Lo vivió así. Y enseñó a vivirlo a los más jóvenes, que –por temperamento, casi por ley de vida– podían encubrir el amor y el agradecimiento hacia sus padres con un cierto y aparente –a veces simplemente perezoso– distanciamiento.

Como anota don Remigio Abad, que desde hace años es capellán de Xaloc, obra apostólica promovida por el Opus Dei en Hospitalet de Llobregat, “me enseñó a querer a mis padres con un cariño más intenso; en varias ocasiones me preguntó –sabía que yo era perezoso para escribir–: ¿Cuántos días hace que no escribes a tus padres? Él los encomendaba cada día en la Santa Misa–.

Cuando le hablaban de padres que no acaban de estar contentos de que sus hijos fueran socios de la Obra, era a éstos, generalmente, y con toda razón, a quienes echaba la culpa. Porque no sabían ser fieles, en la práctica, al espíritu de la Obra. Una madre brasileña escribía en 1974 a su hijo, después de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer:
“Querido hijo:
“Después de siete años, puedo nuevamente mirarte a los ojos y decirte: realmente fue mejor así. Realmente tenía que ser así.
“Ahora ya puedo ver una cruz, una iglesia, sin sentir dolor en el corazón. Sí, ahora ya puedo ver que no te me robaron. Que tú tenías que marcharte. Y que tu mundo es maravilloso.
“Tú, hijo mío, eres un privilegiado. ¡Cómo me cambió el Padre! El me devolvió a ti. Y también a Dios, a quien ahora puedo amar.
“Hijo mío, procura seguir las enseñanzas del Padre. Para mí es como si fuese el mismo Amor de Cristo”.

El corazón del Fundador del Opus Dei era de veras paterno. Por eso comprendía muy bien los sentimientos de todos los padres. Y por eso tenía siempre en cuenta a las familias de los socios de la Obra. Cuando las necesidades del trabajo los llevaban lejos, les animaba siempre a que les escribieran con frecuencia, a que les dieran buenas noticias, a que les hicieran partícipes de su alegría: pues la dicha del hijo es lo que más alegra el corazón de unos padres.

Lo vivió así, con todos, incluso en los momentos tremendos de la guerra de España. Le emocionaba mucho a Enrique Espinós Raduán, que estuvo unas horas con el Padre en Valencia, en octubre de 1937, cuando pasó por allí camino de Barcelona. Espinós fue a despedirle a la estación con su primo Francisco Botella. De aquella entrevista conserva una impresión de serenidad y de paz, de inmensa confianza en Dios. Más adelante Paco se reuniría con don Josemaría en Barcelona, y estaría con él hasta cruzarlos Pirineos. Unos meses después Enrique Espinós empezó a recibir cartas firmadas por Isidoro, Zorzano dándole detalles sobre sus pasos desde Valencia a Burgos: “Era una muestra de fina caridad conmigo y con los padres de Paco; no hay duda de que lo hacía por sugerencia del Padre, ya que yo no conocía a Isidoro”.

También don Pedro Casciaro tuvo ocasión de experimentarlo por aquellos días. Había hablado muchas veces al Fundador de la Obra sobre la vida espiritual de su padre, hombre de virtudes humanas y gran bondad, pero al que su preocupación por mejorar las condiciones de los obreros le llevó a militar en un partido político que fue derivando hacia posturas cada vez más anticlericales. Dentro de ese ambiente, se retraía de prácticas externas de la religión. Don Josemaría animaba a Pedro a invocar confiadamente a la Santísima Virgen. En diciembre de 1937, después de llegar a Andorra, quiso pasar por Lourdes antes de regresar a España. Pedro se disponía a ayudarle en la Misa que iba a celebrar. Ya al pie del altar, se volvió delicadamente hacia él, que estaba arrodillado en la grada, y le dijo en voz baja: –Supongo que ofrecerás la Misa por tu padre, para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana. Don Pedro Casciaro quedó sorprendido: “Realmente yo en ese momento no había hecho tal intención, pero le contesté en el mismo tono: –Lo haré, Padre”.

Cuando acabó la guerra, su padre tuvo que exiliarse. Sufrió muchas privaciones, pero el Señor le movió a vivir como cristiano fervoroso, con una piedad sincera. Durante los últimos once años de su vida –murió con mucha paz el 10 de febrero de 1960, víspera de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes– fue hombre de oración, de Misa y Comunión diarias. Quiso mucho al Fundador del Opus Dei y era Cooperador de la Obra.

Cuando el Opus Dei creció por el mundo, no disminuyó el cariño. Es algo que no puede atribuirse a causas humanas: personas de razas y temperamentos muy diversos, que no conocían el castellano y quizá nunca habían visto físicamente a Mons. Escrivá de Balaguer, le trataban –le querían– como a auténtico Padre. Y es que era Padre de veras. Lo hacía notar un destacado pedagogo español, Víctor García–Hoz, que le había conocido en 1939: “Una de las cosas que más me llamó la atención en os últimos años del Padre fue ver cómo en las catequesis multitudinarias, en tertulias de cientos y aun miles de personas, sabía conversar con aire de intimidad. Es cosa que no me explico sino por una gracia especial de Dios”.

El Fundador del Opus Dei había recomendado y practicado siempre el apostolado personal, de amistad y confidencia. Pero a medida que el desarrollo de la Obra fue haciendo imposible que recibiera y hablara con todos y cada uno de los que querían escuchar su enseñanza, surgió con naturalidad este tipo de tertulias, en algunas de las cuales llegaron a participar más de cinco mil personas en torno a Mons. Escrivá de Balaguer. Era llamativo comprobar que nunca resultaban masivas, sino que tenían el ambiente de una reunión familiar. Todos se sentían en familia, identificados con quienes iban preguntando o contando cosas: tanto una señora de ochenta años, como un chico de quince; un casado con muchos hijos o una mujer soltera; un obrero, .in profesor universitario o una artista de cine… Los temas de conversación surgían de problemas o inquietudes personales. El Padre mantenía el tono personal, íntimo. Y todos se unían en la misma preocupación y recibían sus respuestas como si se dirigiese a cada uno en particular.

De algunas de esas tertulias se conservan imágenes filmadas en color, con sonido directo. Una sola de estas películas describe mejor que muchas páginas cómo era el Fundador del Opus Dei y cómo quería a todas las personas que se apiñaban a su lado. El 16 de junio de 1974 la reunión fue en un salón enorme del Palacio de Congresos General San Martín, de Buenos Aires. Se inició con unas palabras muy breves:
No os llamará la atención si os digo –porque os parecerá lógico– que yo esta mañana, en la Santa Misa, me he acordado mucho de vosotros; y también en la acción de gracias. He pedido al Señor por cada uno: por sus preocupaciones, por sus ocupaciones, por sus afectos, por sus intereses, por su salud temporal, material, y por su salud espiritual. Porque os quiero felices. Y me acordaba de que íbamos a parecer aquí como una muchedumbre. Ya estamos acostumbrados en el Opus Dei, y sabemos que no somos eso: somos una familia. A los dos minutos de hablar, la muchedumbre se convierte en un grupito. Hablamos con el cariño de media docena de personas que se entienden.

Poco después, un paraguayo señaló que su madre, de la Obra, había muerto rezando por su Fundador. Una mujer, cuyo marido era del Opus Dei, quería saber qué le faltaba a ella para decidirse también. Otro estaba preocupado porque, a veces, la intensidad del trabajo profesional hace más difícil darle sentido sobrenatural. Luego tomó la palabra un socio de la Obra, que estaba allí con su madre, viuda, inquieta por lo que pudiera ser de su hijo cuando llegase a viejo…
–Dice que no voy a tener familia… Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique que tenemos familia, que nos queremos mucho, y que además somos siempre jóvenes, como usted…

Mons. Escrivá de Balaguer ilustró su respuesta con una anécdota antigua. Una vez un gran personaje atacó a un socio de la Obra, porque éste, en el ejercicio de su libertad civil, había manifestado su disconformidad. Entre otras cosas, habló de que este socio de la Obra no tenía familia. Entonces, el Fundador del Opus Dei fue a verle, y le dijo: –Tiene mi familia; tiene mi hogar. Aquel personaje pidió perdón. Y continuaba: Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ¡Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! (…) ¡Es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!

Muchos apreciaron aquel día que allí –en el Palacio de Congresos– había sabor de primitiva cristiandad, que vibraba con un solo corazón, con una sola alma, con un único afecto. Y entendieron que, verdaderamente, el Opus Dei es hogar, pleno de cariño humano y delicadezas santas.

Dos años antes, el 22 de noviembre de 1972, en Barcelona, una chica joven manifestó al Padre, en una reunión semejante:
–El otro día estuve también en una tertulia con usted. Al salir, una amiga me dijo: –¿Te has fijado en esos sacerdotes que estaban con el Padre? Seguro que le han oído miles de veces decir las mismas cosas. Y, sin embargo, con qué cariño le miraban. ;Cómo se quiere la gente del Opus Dei!

La respuesta fue rápida, inmediata, emocionada:
¡Pues sí! ¡Nos queremos! Sí, señor. ¡Nos queremos! Y es el mejor piropo que nos pueden decir. Porque de los primeros fieles afirmaban los paganos: mirad cómo se aman.

Misa en sufragio 9-XII-09 (Boletín de Montalegre)

La devoción privada dirigida al Siervo de Dios José María
Hernández Garnica se ha destacado en las últimas
celebraciones de la iglesia

El 7 de diciembre del 2009 se cumplían 37 años del traspaso del alma del sacerdote José María Hernández Garnica. En la homilía de la novena de la Inmaculada se recordó cómo los primeros pasos en el sacerdocio los hizo en esta ciudad de Barcelona, adonde volvió a lo largo de la su fecunda vida apostólica por todo el mundo, y donde finalmente murió. Está enterrado en el cementerio de Montjuic. (*)

Misa de difuntos por su alma

Además de esta significativa referencia, especialmente se celebró una misa el día 9 de diciembre y como en el actual tiempo litúrgico del adviento se pueden hacer algunos cambios, como los aniversarios de difuntos, así se hizo por el sacerdote José María. Con esta entrada, el Rector de la Iglesia de Santa Maria de Montalegre nos preparó para rezar por su alma. En la homilía recordó el compromiso efectuado el año pasado en las mismas circunstancias: celebrar anualmente una misa por su sufragio. Meses antes, el 17 de marzo del 2008, se había cerrado el proceso diocesano de la causa de canonización que se había iniciado el 28 de febrero de 2005.

Pasado el vestíbulo de la iglesia, y entrando en el templo, estaban, para todo el que quisiera disponer, las hojas informativas que glosan su vida, así como las estampas que invitan a la devoción privada de este Siervo de Dios. No obstante, dijo el Rector, es necesario pensar lo que quiere decir dar culto público a un ciudadano que es posible que ya esté en el cielo. Si esto se promueve puede, incluso, hasta parar la causa de un proceso de canonización, porque en esas circunstancias no se puede dictar ninguna resolución al respecto. Una vez parada la causa, es necesario que pase el tiempo, y en la Iglesia esto puede significar como unos cien años…

Estamos seguros que la vida de D Jose Maria es santa.

El cristiano sabe bien detectar cuando una persona es santa en vida. Pero siempre es necesario que la Iglesia lo dictamine, es imprescindible que el Santo Padre lo diga. A partir de ese momento es cuando se puede dar culto público. Mientras tanto, Mn. Francesc Perarnau nos dijo lo que podíamos hacer, y lo que hemos de hacer es rezar. Y si el Siervo de Dios José María ya es santo la oración nunca, nunca, se pierde.

De forma asertiva manifestó: “Estamos seguros que la vida de D. Jose Maria es santa”. Y es importante la repercusión, el impacto, que esto tiene en la gente. Si creemos en su santidad lo hemos de dar a conocer, y sobre todo que se le encomienden cosas, que se le pidan favores porque así proseguirá la causa de canonización. Si lo creemos, nos hemos de comprometer. Añadió, que el milagro es fundamental, debe producirse. Pero esto ya no depende de nosotros, no obstante, se los hemos de pedir. Y para todo ello son muy útiles las estampas y las hojas informativas sobre la vida de este Siervo de Dios.

El Rector nos emplazo al año 2013 en el que se cumplirá el centenario del su nacimiento, soñando con la posibilidad de que en aquella fecha el proceso de la causa haya progresado, pues desde el cielo él ya está presionando en favor de lo que le pidamos. Y si nos concede un favor o un milagro, hay que escribirlo y entregar el escrito en esta iglesia.

Datos de interés especial

* Los restos mortales de D. Jose Maria Hernández Garnica reposan en el cementerio de Montjuic de Barcelona, en el panteón 33 de la Agrupación 11 de la Via de la Santíssima Trinitat.

–  Para más información, pueden encontrar otras noticias en esta web de l’Església de Santa Maria de Montalegre www.montalegre.org.

–  Así como en el nuevo blog de D. Jose Maria http://hernandezgarnica.wordpress.com/novedades/ .
Isabel Hernández

10-12-2009

Misa en sufragio por D. José María en Montalegre

El miércoles 9 de diciembre se celebró una misa en sufragio por el alma de D. José María Hernández Garnica, fallecido en Barcelona el 7 de diciembre de 1972.

A la misa asistieron más de un centenar de personas que, en su mayoría, habían recibido el influjo de su trato y atención pastoral.

En la homilía, el rector de Montalegre, recordó el grato deber de justicia que supone ofrecer sufragios por quienes nos han enriquecido con su vida. Y alentó a los presentes a difundir la devoción privada a este Siervo de Dios, en la seguridad de que será para mucho bien de toda la Iglesia. En este sentido, recordó el interés de dejar constancia escrita de la fama de santidad y favores que se consideren recibidos a través de su intercesión.

El pasado 17 de marzo, Mons. César Augusto Franco, obispo auxiliar de Madrid, presidió en la Basílica de San Miguel, de Madrid, la clausura del proceso diocesano sobre la vida, virtudes y fama de santidad de este Siervo de Dios.

José María Hernández Garnica, sacerdote numerario del Opus Dei

Un mundo nuevo

José María Hernández Garnica nació en Madrid el 17 de noviembre de 1913, en el seno de una familia cristiana de buena posición social. Los rasgos de su infancia y adolescencia son los de un joven responsable y buen cristiano. “Chiqui”, como le llamaban muchos, estudió ingeniería en la especialidad de Minas, con gran intensidad, obteniendo los primeros puestos (el cuarto, el segundo, el tercero) en las diversas promociones de cada curso.

En otoño de 1934, poco tiempo después de perder a su padre, que había fallecido aquel verano a causa de una enfermedad, regresó a Madrid. Comenzaba una etapa decisiva en su vida. Un compañero de curso, Mateo Azúa, le invitó a la Residencia DYA, un empeño apostólico de san Josemaría.

Al llegar a la residencia estaban haciendo arreglos materiales, y san Josemaría, con su cordialidad y espontaneidad le invitó a colaborar:

-¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos y, ¡hala!, a clavar allá arriba.

Aquel gesto inicial de confianza le agradó y muy pronto comenzó a tener dirección espiritual con el Padre, como llamaban al Fundador del Opus Dei, y a incorporar a su vida el mensaje cristiano de san Josemaría: la santidad en la vida cotidiana por medio del trabajo.

Años más tarde rememoraba este suceso: “allí pude descubrir un mundo nuevo (…) que era sacar sentido a la vocación y a las virtudes cristianas, aprender a tratar con Dios hasta alcanzar el concepto de hijo de Dios. Y en todo ello un lento, pero constante, ascender en las virtudes cristianas.”

Un mundo nuevo

José María Hernández Garnica nació en Madrid el 17 de noviembre de 1913, en el seno de una familia cristiana de buena posición social. Los rasgos de su infancia y adolescencia son los de un joven responsable y buen cristiano. “Chiqui”, como le llamaban muchos, estudió ingeniería en la especialidad de Minas, con gran intensidad, obteniendo los primeros puestos (el cuarto, el segundo, el tercero) en las diversas promociones de cada curso.

En otoño de 1934, poco tiempo después de perder a su padre, que había fallecido aquel verano a causa de una enfermedad, regresó a Madrid. Comenzaba una etapa decisiva en su vida. Un compañero de curso, Mateo Azúa, le invitó a la Residencia DYA, un empeño apostólico de san Josemaría.

Al llegar a la residencia estaban haciendo arreglos materiales, y san Josemaría, con su cordialidad y espontaneidad le invitó a colaborar:

-¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos y, ¡hala!, a clavar allá arriba.

Aquel gesto inicial de confianza le agradó y muy pronto comenzó a tener dirección espiritual con el Padre, como llamaban al Fundador del Opus Dei, y a incorporar a su vida el mensaje cristiano de san Josemaría: la santidad en la vida cotidiana por medio del trabajo.

Años más tarde rememoraba este suceso: “allí pude descubrir un mundo nuevo (…) que era sacar sentido a la vocación y a las virtudes cristianas, aprender a tratar con Dios hasta alcanzar el concepto de hijo de Dios. Y en todo ello un lento, pero constante, ascender en las virtudes cristianas.”

Poco a poco, Dios fue entrando con más intensidad en su alma, hasta que descubrió que le pedía la entrega de la vida entera a su servicio en el Opus Dei. Respondió con plena generosidad a la llamada de Dios el 28 de julio de 1935.

Guerra civil

Un año después estalló la guerra civil española y como tantos jóvenes de generación, sufrió numerosas peripecias. El 10 de noviembre de 1936 fue encarcelado en la Cárcel Modelo, acusado de desafección al régimen y condenado a muerte por un tribunal popular. De allí le llevaron a la cárcel de san Antón, de la que sacaban a muchos para fusilarlos de forma indiscriminada.

Cuenta uno de los que le conocieron: “Quizá lo que padeció durante los meses de cárcel en la guerra civil española le dejó como un sello grabado en el corazón. El haber visto la muerte tan segura y cercana, seguramente le abrió los ojos sobre lo poco que es todo lo terreno. Don José María nos lo contó en tertulias un par de veces: estaba condenado a muerte y ya le habían subido en el camión con todos los demás para fusilarles, cuando uno de los carceleros, le dijo: -Tú, bájate.

Así le salvó. Todo los demás fueron fusilados. Pienso que estas experiencias quizá contribuyeron a que don José María estuviera tan desapegado de todo lo terreno y aun de su propia vida”.

En febrero de 1937 le trasladaron a una cárcel de Valencia, donde le tuvieron completamente incomunicado durante varios meses, hasta que fue puesto en libertad en el mes de junio.

Pero con la libertad no llegó la paz: después de trabajar a Rodalquilar, donde estuvo a punto de morir en una emboscada, tuvo que regresar a Valencia, para incorporarse en ejército republicano. Fue destinado a transmisiones en Madrid, en un frente sin actividad, donde pudo encontrar de nuevo al Fundador del Opus Dei, que le alentó en su difícil situación.

Cuando terminó la guerra José María acusaba físicamente los fuertes padecimientos de la cárcel y el frente. San Josemaría le alentaba en sus cartas, como en ésta del 27.IV.1939:

“Queridísimo Chiqui: por los deseos tuyos puedes deducir los que tengo, de abrazarte y charlar. Si me necesitas, haré un viaje enseguida aunque sea al fin del mundo. Tú tienes la palabra. Anímate. Después de lo que has sufrido (…), necesitas reponerte. Luego… ¡verás qué bien reaccionarás y qué bien trabajarás!

En marzo de 1940, más recuperado físicamente, terminó brillantemente la carrera. Francisco Ponz le recordaba así: “Alto, aparentemente fornido aunque su salud no fuera buena, de pelo oscuro y ancha frente, de ojos vivos y mirada aguda y chispeante, era de trato simpático y sencillo. (…) se estaba bien junto a él, por lo agudo de su pensamiento, la nobleza de su corazón y la claridad de su palabra llena de afecto recio y hondo”. Le define como un “hombre leal a toda prueba, vivía su vocación al Opus Dei con total fidelidad al Señor y al Fundador y a eso supeditaba todo lo demás”.

Sacerdote

“Aquellos primeros años después de la guerra española en los que materialmente hubo que volver a empezar desde cero –contaba José María- fueron años muy duros, por las circunstancias externas en las que vivíamos: la persecución de los buenos, con tanta calumnia que pesaba sobre la Obra; la falta de medios materiales”.

En 1940 el fundador le había propuesto la posibilidad de ordenarse como sacerdote y José María había respondido con gran generosidad: “El Padre nos había hecho ver bien claramente –recordaba- la necesidad de sacerdotes en la Obra, que llegaran al sacerdocio después de haber vivido la vocación propia nuestra, para ayudar con su predicación –de acuerdo con las directrices señaladas por el Padre– a la formación de sus hermanos y para colaborar en su dirección espiritual, sobre todo a través del Sacramento de la Penitencia”.

Hizo compatible durante aquel tiempo su trabajo profesional con los estudios eclesiásticos, al igual que Álvaro del Portillo y José Luis Múzquiz, junto con los cuales fue ordenado sacerdote por el obispo de Madris, Mons. Leopoldo Eijo y Garay el 25 de junio de 1944. Era la primera ordenación de fieles del Opus Dei.

En la fotografía, de izquierda a derecha, José Luis Múzquiz, fallecido con fama de santidad: el Siervo de Dios José María Hernández Garnica; san Josemaría y el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, cuya causa de canonización se ha abierto recientemente.

Desde el principio de su trabajo sacerdotal Hernández Garnica desarrolló una amplia tarea de dirección espiritual, con personas de todo tipo, especialmente con jóvenes universitarios, centrándose –siguiendo las indicaciones de san Josemaría- en el impulso, desarrollo y formación de las labores de la Obra con mujeres.

“El amor a Dios de don José María –recuerda Dora Calvo- le llevaba a un afán apostólico extraordinario. Constantemente nos hablaba de que teníamos que acercar a Dios a las almas del mundo entero. Esta universalidad en el apostolado nos la inculcaba con tanta fuerza que, me atrevería a decir, por este motivo veíamos tan natural el irnos a otros países a empezar la labor, como ya estábamos haciendo en esos años”.

Desde finales de 1954 a los primeros meses de 1955, hizo un largo viaje por América, para impulsar la marcha de los apostolados que se habían iniciado años atrás: Estados Unidos, México, Guatemala, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Argentina. Pocos meses después, fue a Inglaterra e Irlanda con el mismo fin.

Desde 1957 hasta 1972 estuvo en numerosos países europeos impulsando los comienzos del Opus Dei: Francia, Irlanda, Alemania, Austria Inglaterra, Suiza, Holanda, Bélgica… La tarea de abrir camino para abrir el mensaje de Cristo le exigió mucha tenacidad y abordar constantemente problemas nuevos: cultura, idiomas, trabajo apostólico con personas provenientes de otras religiones, alimentación, etc. Los que trabajaron con él recuerdan su fe inquebrantable en Dios y la seguridad de que con la oración, el sacrificio y el trabajo constante llegarían los frutos apostólicos.

La comprobación de las escasas fuerzas de las que disponía para la magnitud de la tarea evangelizadora, no le llevaba al desánimo, ni a la desesperanza. Lo resaltaba él mismo en una meditación:

“Si queremos ser fieles a la llamada de Dios y realizar un servicio efectivo y continuado, hemos de tener presente que la acción principal es de Dios –su gracia– pero es también indispensable la acción instrumental del hombre que realiza su acción propia, humana y que la gracia de Dios eleva a sobrenatural. Esta acción instrumental requiere unas disposiciones, una formación y una docilidad a la acción divina”.

Lo confirma el Dr. Steinkamp respecto de Holanda: “Tenía una gran fe en Dios. Era tónica constante en sus conversaciones con nosotros, que tuviésemos fe en Dios”.

Su amor a Dios se manifestaba de modo particular en la celebración de la Eucaristía: “Su amor a la Misa –cuenta Eileen Hourihan- y el modo como la celebraba infundían mucha devoción. La manera tan devota con que besaba el altar, justo al empezar, te dejaba ver que realmente era para él su cita más importante del día”.

“Su amor a Dios era visible cuando celebraba la Misa- recuerda José Gabriel de la Rica-. Sin distraerse se concentraba en las palabras, leía despacio con esfuerzo, pues él tendía a leer rapidísimo. Podía leer en diagonal, pero en la Misa se detenía en cada pausa y se esforzaba en pronunciar cada palabra”.

Por toda Europa

San Josemaría seguía confiando en su entrega generosa y enamorada para hacer el Opus Dei en tantos países de Europa.

“Tu carta me ha llenado de consuelo –le decía san Josemaría- al ver cómo me ayudas, con tu oración y tu sacrificio, a llevar la carga que nuestro Jesús pone sobre mis hombros, y que tú sabes bien que tantas veces es muy pesada. Mi corazón se llena de alegría ante las continuas manifestaciones del celo ardiente y de la visión sobrenatural con que trabajáis todos”.

Gran parte del trabajo apostólico que realizaba por los países europeos le llevó a conocer y tratar fraternalmente a muchos luteranos, calvinistas y anglicanos. Con todos ellos buscaba inmediatamente crear una corriente de simpatía y de afecto que llegaba a la amistad. Era consciente de lo que les separaba en materias doctrinales, pero también de que sólo el diálogo confiado podría crear el necesario clima de confianza mutua.

Un sacerdote de mentalidad abierta y comprensiva

Los cambios sociales y culturales en Europa a finales de los años 60 se realizaron vertiginosamente y entre los años 1966 y 1969, hubo una verdadera revolución en Europa, especialmente entre la gente joven. Un poco después, en Barcelona, durante 1972, don José María paseaba en un colegio de chicos.

La moda del pelo largo había llegado a España con algo de retraso: “Recuerdo perfectamente –recuerda un profesor que le acompañaba- una anécdota en la que se refleja cómo respetaba y defendía la libertad en el modo de actuar y de ser de todas las personas. Una mañana de domingo paseábamos con don José María otro que solía acompañarle y yo. A nuestro lado pasó un chico con un pelo bastante largo y no muy cuidado y una poblada barba, cosa que, en aquellos años, no era muy frecuente. El que venía con nosotros comentó en plan de broma que «yo, a estos, los raparía al cero y los afeitaría en seco».

En ese momento, don José María no comentó nada; pero al poco rato, escribió en su libreta, pues apenas podía hablar por su enfermedad, preguntándome si en mis alumnos había algún chico con barba o con melena. Ante mi respuesta, un tanto vehemente, que «ni mucho menos», anotó en su cuaderno: «Eso es tiranía» y añadió un comentario sobre el respeto que hemos de tener a la libertad y al modo de hacer de todas las personas, que siempre había defendido el Padre.

Comentó, sin darle ninguna importancia, que si los de la Obra que habían ido a otros países –especialmente del centro de Europa– hubieran actuado con nuestra rigidez y falta de comprensión, no habrían podido hacer nada”.

Desde su juventud, por la lesión renal, don José María había tenido una salud delicada, y a partir de 1970 su salud empezó a quebrantarse seriamente. Tantos años de entrega sin límite, llevados con extraordinario buen humor, comenzaron a pasar factura a su organismo. Alejandro Digón, que vivió con él en Colonia, recordaba: “Don José María no disfrutaba de un estado de salud normal debido a varias operaciones quirúrgicas que le habían hecho en la última época de su vida, y al cáncer de piel. Sin embargo, mientras tuvo un mínimo de fuerza física se sobreponía al agotamiento y luchaba por cumplir el plan de vida y el plan de trabajo de una manera normal, que quiere decir heroica. La misma fortaleza demostraba en el empuje con que planteaba los planes apostólicos”

7 de diciembre, Víspera de la Inmaculada

Mientras la enfermedad se lo permitió, celebró la Santa Misa, con toda la unción posible, orando por las necesidades de la Iglesia en todo el mundo, especialmente en Europa. “La alegría al escuchar las buenas noticias de Holanda –escribía- es inmensa. Ya se ve que se ha empezado a romper el fuego y es cuestión de insistir, no cejar y seguir pidiendo al Señor, por intercesión de la Virgen”.

El 22 de marzo le sobrevino una crisis cardíaca bastante grave. Tras diversas consultas médicas se le comunicó la gravedad de su situación, que recibió con gran sentido sobrenatural. En esos días, recibió una carta de don Josemaría:

“He recibido tu última carta y le he dado muchas gracias al Señor por ese nuevo diagnóstico, que me hace pedir todavía con más insistencia tu curación al Señor y a nuestra Bendita Madre. Agradezco también a la Santísima Virgen la paz y el abandono que quiere mantener en tu alma. Sigue así, hijo mío, que tus molestias son clamor de oración a Jesucristo Nuestro Señor por esta Santa Iglesia suya”.

Plenamente consciente de su estado se trasladó a Barcelona. Los últimos meses de su vida fueron especialmente dolorosos desde el punto de vista físico; sin embargo, cuando se le preguntaba cómo estaba, o si había dormido bien, contestaba sonriente con un “muy bien” o “como las rosas”.

Su mayor sufrimiento fue no poder celebrar la Santa Misa por su estado de salud y, después, no poder ni siquiera comulgar. Falleció el 7 de diciembre, víspera de la Inmaculada, con una paz y serenidad envidiables, dando gracias a todos por el cariño con el que le habían cuidado.

Desde entonces numerosas personas acuden a Dios para pedir por sus necesidades espirituales y materiales mediante su intercesión.

José Carlos Martín de la Hoz, Postulador

La laboriosidad del Siervo de Dios

En la boda de unos parientes

La laboriosidad del Siervo de Dios

Cuando José María Hernández Garnica terminó el bachillerato, decidió estudiar Ingeniería de Minas, quizá porque un tío suyo tenía intereses en el campo de la minería en Almería y su primo Gabriel, que era un año mayor, ya había optado por esos estudios. Era una persona con mentalidad científica, aunque su amplia cultura y, lógicamente, su sacerdocio, le llevarían por otros caminos en la vida. Adolfo Llorente, médico, que le trató en los últimos meses de su vida recuerda: “Esa firmeza de carácter, junto a su simpatía y espíritu de servicio, hacían de él un hombre agradable y atrayente; al mismo tiempo, era muy ocurrente y divertido, por lo que siempre se estaba a gusto y resultaba sumamente grata la convivencia con él. A ello contribuía también su aguda inteligencia y su buena preparación cultural, con conocimientos que superaban ampliamente su ámbito profesional y se extendían a otras materias: ingeniería, ciencias naturales, arte, y literatura, etc.”.
Para preparar el ingreso en la Escuela de Minas, según era habitual en aquel tiempo, acudió a una Academia especializada. Tantas horas de estudio y clases dieron su fruto y en 1932 fue admitido. De esos exámenes se conserva el  recuerdo de cómo iba superando los nervios en los ejercicios orales. En una ocasión consiguió el máximo número de puntos en un examen escrito. Los profesores del tribunal, al verlo tan perfecto pensaron inicialmente que había copiado por lo que le hicieron un examen oral: comprobaron lo bien que se lo sabía.

José María se empleó en los estudios con tal seriedad que sacó siempre las asignaturas en la convocatoria ordinaria de junio. El primer año terminó con el nº 4 de la promoción y la calificación Bueno. El segundo año siguió siendo el nº 4.  En tercero pasó al nº 3. En cuarto (curso 1935-1936) obtuvo el nº 2 y la calificación de “Muy bueno”. Finalmente,  después de la guerra (curso 1939-1940) terminó la carrera con el nº 3 y la calificación de Muy bueno.

Durante un rato de tertulia en Austria (1963)

Tomó pronto afición a las asignaturas más teóricas, en las que obtuvo calificaciones de notable y sobresaliente: Geología e Hidráulica (19 sobre 20 puntos); Construcción, Electrotecnia y Metalurgia (18 sobre 20 puntos); Paleontología, Mineralogía y Mecánica Racional (17 sobre 20 puntos); Geometría Descriptiva, Física, Química General, Química Analítica, Química Industrial, Mecanismos y Geofísica (16 sobre 20 puntos)1.

Su afición a las asignaturas de Geología hizo que pudiera realizar después, con agilidad, la licenciatura y los cursos del doctorado en Ciencias Naturales. Gracias a su estupenda memoria pudo superar con brillantez la asignatura de Mineralogía, que era entonces la más dura para cualquier estudiante de Geología. Tenía que aprender de memoria más de 2000 minerales: nombre, fórmula, estructura, yacimiento y propiedades características, y superar diversas pruebas de reconocimiento,  experimentación química y descubrimiento al microscopio.

Pero no sólo destacaba por su memoria, sino también por su capacidad de síntesis en los grandes temas teóricos. Años más tarde rememoraba: “cuando era estudiante, recuerdo que algunos compañeros necesitaban después de comprender la asignatura, leerla hasta siete veces para estar preparados para el examen: a otros les bastaba una lectura rápida para fijar las asociaciones que permitían retener lo estudiado”2 .

De 1942 a 1944 fue director de un centro del Opus Dei. A la vez trabajaba en la empresa Electra de Madrid, para aportar medios económicos a la débil economía de los apostolados de la Obra; también hacía viajes, algunos de ellos acompañando a San Josemaría, para poner en marcha la labor apostólica en diversas ciudades de España.

En Londres, con Mons. Javier Echevarría

En un libro escrito por José María, él mismo se refiere al valor del trabajo: “Trabajo que es intrínsecamente humano, que se dirige a un objetivo próximo terreno, pero que el cristiano lo lleva a cabo con visión sobrenatural, entendiéndolo como voluntad de Dios, y dirigiéndolo a su propio perfeccionamiento y a la ajena santificación” 3. Poco más adelante, saliendo al paso de una equivocada concepción del trabajo como obstáculo para la santidad, o como un castigo divino, añade: “En sí el trabajo es bueno, es algo querido por Dios, que el cristiano debe utilizar sobrenaturalizándolo, como medio de santificación” 4.

Toda su inteligencia y capacidad de trabajo la empleó en el cumplimiento de la voluntad de Dios, y fue con total disponibilidad de un lugar para otro, según se le necesitó, para difundir la llamada universal a la santidad y al apostolado, y llevó el espíritu del Opus Dei a muchos países.

___________

1. Cfr. expediente Académico. Escuela de Minas.

2. José María HERNÁNDEZ GARNICA, Meditaciones, 9-VI-1972, p. 2.

3. José María HERNÁNDEZ GARNICA, Perfección y laicado, ed. Rialp, Madrid 1956, p. 106.

4. Ibid., p. 108.

Boletín de la Oficina de las Causas de los Santos. Prelatura del Opus Dei. España, nº 4

Clausura del proceso diocesano

Sesión de clausura del proceso diocesano

En el año 2006 se publicó la primera Hoja informativa sobre el Siervo de Dios José María Hernández Garnica, sacerdote del Opus Dei, con ocasión de la apertura de su causa de canonización, el 28 de febrero de 2005. Ahora tenemos la alegría de informar sobre la conclusión de la fase diocesana, después de unos años de profundo trabajo. Las seis cajas lacradas, que contienen más de cinco mil folios y recogen la trascripción de las declaraciones, documentos e informes, han sido llevadas a Roma para su estudio por la Congregación para las Causas de los Santos.

El acto de clausura del Proceso diocesano sobre la Vida, Virtudes y Fama de don José María, se desarrolló en la Basílica de San Miguel (Madrid) el pasado 17 de marzo, en el mismo lugar donde se había celebrado la sesión de apertura.

Al acto, presidido por Mons. César Augusto Franco, Obispo Auxiliar de Madrid, asistieron el Vicario regional del Opus Dei en España, Mons. Ramón Herrando, varios familiares del Siervo  de Dios y numeroso público, entre los que se encontraban personas llegadas de distintos países de Europa, donde habían conocido y tratado a don José María.

Tras invocar al Espíritu Santo, el postulador de la causa, D. José Carlos Martín de la Hoz, explicó brevemente el sentido del acto. Comenzó con una cita de San Josemaría: “La Obra no se basa en el entusiasmo, sino en la fe. Los años del principio fueron muy duros, y sólo se veían dificultades. El Opus Dei salió adelante por la gracia divina, y por la oración y el sacrificio de los primeros, sin medios humanos. Sólo había juventud, buen humor y el deseo de hacer la voluntad de Dios. En estas palabras hay un delicado elogio de quienes siguieron al Fundador en los primeros años, cuando estaba todo por hacer. Vivieron de su fe en Dios y de su confianza en San Josemaría. Ese es el caso del Siervo de Dios, Doctor Ingeniero de Minas y en Ciencias Naturales, que pidió la admisión en el Opus Dei el 28 de julio de 1935.

Ejerció su profesión en la empresa Electra de Madrid. El 25 de junio de 1944, recibió la ordenación sacerdotal, de manos del Obispo de Madrid Mons. Leopoldo Eijo y Garay. Después, San Josemaría le encargó especialmente el impulso de la labor apostólica del Opus Dei entre las mujeres, lo que compaginó con otras tareas sacerdotales por toda la geografía española. Posteriormente desarrolló su labor pastoral en Inglaterra, Irlanda, Francia, Austria, Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda.

El Obispo Auxiliar de Madrid, Mons. César Franco, con parte de la extensa familia de D. José María, el día de la clausura del Proceso diocesano

Cuando la Congregación estudie toda esta documentación y emita el Decreto de validez, se comenzará la elaboración de la Positio super vita et virtutibus. Hoy es un día de fiesta para muchos cristianos del mundo entero, y más para las personas de todo tipo que acuden a la intercesión del Siervo de Dios y obtienen gracias del Cielo, como atestiguan los favores recogidos en estos años. Sigamos pidiendo favores a Dios a través la intercesión de José María Hernández Garnica y meditando sobre el ejemplo de su vida de entrega”.

Tras los distintos juramentos se firmó el Acta de esa última sesión y Mons. César Franco glosó la fidelidad del Siervo de Dios para “dedicar su vida a la santificación de muchas personas”, a “propagar el carisma con que el Espíritu Santo ha enriquecido a la Iglesia a través de San Josemaría Escrivá”. Pidió además que su figura “sea incentivo para nosotros, estímulo para la santidad. Ojalá tengamos que hacer más procesos como éste, que son muestra de la vitalidad de la Iglesia”.

Los comienzos de su vocación: un martillo y unos clavos

En sus viajes por Inglaterra

Los comienzos de su vocación: un martillo y unos clavos1

En otoño de 1934, José María Hernández Garnica conoció el Opus Dei y a su Fundador. Nada más llegar a la Residencia de la calle Ferraz, San Josemaría le saludó y le dijo: “¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos y, ¡hala!, a clavar allá arriba”. El gesto le ganó y,
desde ese instante, se sintió muy bien acogido, como en su casa. Estudiaba Ingeniería de Minas en la Escuela Técnica Superior de Madrid.1

Sus conversaciones con San Josemaría, los ratos de oración, las horas de estudio y el trato con los otros estudiantes que frecuentaban DYA,
fueron calando en su alma. El último año de vida, en una meditación escrita rememoraba aquellos primeros meses: “Cuando ya tenía 20 años fui por primera vez por la Residencia de estudiantes de la Obra, allí pude descubrir un mundo nuevo, que era sacar sentido a la vocación y a las virtudes cristianas, aprender a tratar con Dios hasta alcanzar el concepto de hijo de Dios. Y un lento pero constante ascender en las virtudes cristianas. Es decir, que aprendimos el hablar con Dios, el conocer la amorosa Providencia divina, el sentido sobrenatural del trabajo, que daba
un sentido cristiano completo a nuestra vida.

Y todo ello respirando un aire de amistad que nos enseñaba a ser humildes, desconfiando de nosotros mismos, pero que abría un panorama al descubrir la alegría del dar”2.

Le gustaron especialmente el ambiente de alegría que se respiraba y el respeto a las opiniones de los demás. A lo largo de su vida recordó muchas veces que allí había un cuadro con las palabras del Mandamiento del Amor, tomadas de San Juan. De ese modo crecía en las almas de aquellos estudiantes la necesidad de quererse y de comprender los puntos de vista ajenos.

Aprendió el ofrecimiento de obras y a luchar por tener presencia de Dios. Rezaba el Rosario, y hacía un buen rato de oración mental. Para asistir a Misa debía madrugar, para llegar puntualmente a clase en la Escuela de Minas. Ese plan de vida le ayudó a encontrar a Dios en medio de las tareas cotidianas.

Poco a poco, el Señor se metió con más intensidad en su alma, hasta que descubrió que le pedía la entrega de su vida entera. Aquel chico de elegantes maneras, que hablaba más con la mirada que con las palabras, decidió responder a la llamada de Dios el 28 de julio de 1935. Desde entonces aumentó la preocupación apostólica por sus amigos, a los que invitaba para que recibieran formación cristiana. Con su buen humor y sus frases castizas madrileñas, hacía reír a todos.

Chiqui enseguida descubrió, y agradeció toda su vida, el espíritu de familia que desde el comienzo se vivía en el Opus Dei, “donde se quiere y se nota constantemente el ser querido”3.

_________________

1 Extracto de: José Carlos Martín de la Hoz, Por los caminos de Europa, ed. Palabra, Madrid 2004.
2 José María HERNÁNDEZ GARNICA, Meditaciones, 8.V.1972, AGP, JHG, E-00069, p. 2.
3 José María HERNÁNDEZ GARNICA, Meditaciones, 28.II.1972, AGP, JHG, E-00063, p. 1.

Viajero al servicio de las almas

Viajero al servicio de las almas1

A finales de 1954, por encargo del Fundador del Opus Dei, don José María realizó con Alberto Ullastres un largo viaje por América, para impulsar la marcha de los apostolados que se habían iniciado años atrás: Estados Unidos, México, Guatemala, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Argentina. Poco después salió de nuevo para efectuar una tarea semejante en Inglaterra e Irlanda.

En 1957 fue destinado a Francia. Desde entonces hasta 1972 estuvo fuera de España, pasando de un país a otro. Vivió en Inglaterra, Irlanda, Francia, Alemania, Austria, Suiza, Holanda y Bélgica.

Don José María realizó el trabajo de arraigar los apostolados de la Obra en cada país. Cuando yo le conocí en 1963, a pesar de que la Obra en Alemania era una cosa minúscula, hablaba de lo que sería con el tiempo con un convencimiento tal, que sin una fe gigante no se podía entender. Sin disponer de medios materiales y teniendo los pies muy en la tierra animaba a lanzarse a conocer gente, a trabajar en todos los sitios, aunque no se viera el fruto del apostolado.

Lo confirma el Dr. Steinkamp, sacerdote del Opus Dei, respecto de Holanda: Era tónica constante en sus conversaciones con nosotros, que tuviésemos fe en Dios. Los tiempos de comenzar una labor son difíciles, pero nosotros somos lo permanente. El Fundador de la Obra había tenido que superar muchos obstáculos, pero la Obra había ido siempre adelante.

Su falta de oído no le facilitaba aprender idiomas. Su humildad y realismo le llevaban a servir sin aspavientos, pero también aceptando sus limitaciones: A mi parecer, tenía cierta dificultad de expresión; sin embargo, poseía don de gentes, inspiraba una gran confianza, tenía mucho sentido del humor, sabía hacer bromas con gran delicadeza, cariño y oportunidad.

En 1961 llegó a Alemania. Su aportación apostólica fue notable: Con su llegada cambió todo. Es decir, nos sentimos seguros, protegidos y dirigidos. Para mí, tener a don José María, era como tener a nuestro Fundador junto a nosotros. Don José María tenía identidad de criterio, completamente leal a su espíritu y poseía, además, una inteligencia muy práctica y excepcional.

No se piense que para don José María este encargo era cosa fácil. Entonces estaba por encima de los cincuenta; a esa edad uno ya no está para aventuras, incomodidades materiales y tener que habérselas con una mentalidad tan distinta, etc. ¡Y cómo se interesaba por su nuevo país!

_____________

1. Párrafos tomados de: José Carlos Martín de la Hoz, Por los caminos

de Europa, folletos MC 745, ed. Palabra, Madrid 2004.

2. José Gabriel de la Rica, AGP, JHG, T-00045, p. 1.

3. Hermann J. Steinkamp, AGP, JHG, T-00054, p. 1.

4. María Jesús Luna Hervera, AGP, JHG, T-00029, p. 2.

5. Alfonso Par Balcells, AGP, JHG, T-00043, pp. 6-7.

Boletín de la Oficina de las Causas de los Santos. Prelatura del Opus Dei.  nº 2