Un beso a los pies

La incorporación definitiva al Opus Dei del beato Álvaro y Chiqui

San Josemaría y D. José María Hernández Garnica, Barcelona, 22-11-1972
Auca, Josep Maria Giralt (texto) – Ferran Toro (dibujos)

El 19 de marzo de 1936, Álvaro del Portillo renovó su incorporación a la Obra de manera definitiva. Era un breve acto, sencillo y solemne a la vez, en el que san Josemaría tenía entonces la costumbre de besar los pies a sus hijos espirituales, mientras pronunciaba las palabras de la Sagrada Escritura: «quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona» (Rom 10,15 (Vulg)): ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian el bien!.

Durante toda su vida Álvaro conservó indeleble el recuerdo de aquel momento, y la escena le vino a la mente con fuerza el 27 de junio de 1975, cuando se encontraba rezando ante el cadáver del Fundador. Antes de proceder a la sepultura, se arrodilló y le besó los pies. Más tarde, explicó el porqué de ese gesto: «me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso, ¿Cómo podría olvidarme? No fue sólo un gesto. No fue sólo una expresión de fidelidad y de unión. Mucho más: fue entregarme a mí mismo de nuevo» (Palabras pronunciadas en una reunión familiar, el 25-XII-1979).

José María Hernández Garnica hizo su incorporación definitiva al Opus Dei el 19 de marzo de 1940. También él guardó toda su vida en su corazón esos mismos sentimientos y por eso, el 23 de noviembre de 1972, al despedirse del que sería su último encuentro con san Josemaría -los dos eran conscientes de la gravedad de la enfermedad: fallecería a las dos semanas- Chiqui también quiso besarle los pies, como muestra de cariño y veneración. Lo cuenta con detalle D. José Carlos Martín de la Hoz en este vídeo del acto de presentación de ABRIENDO HORIZONTES, el 20 de mayo de 2010.

cfr. Alvaro del Portillo, Un hombre fiel. Javier Medina, Ed. Rialp, 2013.

La «audacia» sobrenatural del beato Álvaro

Una visión esperanzada y optimista de la misión apostólica: «Me acuerdo de la pesca milagrosa y de lo que dijo san Pedro: in nómine tuo, laxábo rete. Pienso en lo que ha dicho el Padre y sé que, obedeciéndole, obedezco a Dios»

Se recogen dos párrafos de una carta pastoral de Mons. Javier Echevarría, de 1 de junio de 2014, con un recuerdo del siervo de Dios José María Hernández Garnica que pone de manifiesto la audacia sobrenatural del beato Álvaro del Portillo, que marcó toda su vida. Es una buena consideración en el día de su aniversario.

El Venerable Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo
El beato Álvaro del Portillo
11-III-1914 – 23-III-1994

La esperanza llevaba a don Álvaro a no detenerse ante las dificultades. Desde que se incorporó al Opus Dei, en 1935, realizó ya un apostolado constante y optimista, convencido de que Dios siempre le asistiría; y en esa actitud perseveró hasta el final de su vida. Nadie que pasara a su lado, por cualquier motivo, se alejaba sin llevarse una oración suya, unas palabras de interés por su familia o su trabajo, un consejo espiritual… No se detenía ante la categoría de las personas: únicamente veía almas que el Señor ponía a su lado: el portero de un edificio, el bedel de un dicasterio de la Santa Sede, la azafata o el sobrecargo del avión en que viajaba… Así procedía también con las autoridades eclesiásticas o civiles, que incluso le llevaban muchos años de edad o gozaban de clara relevancia en la vida social. En ningún caso se detuvo por falsos respetos humanos. Acudía a esos encuentros, fortuitos o programados, con la seguridad de que el Señor le asistía, pues había visto ese ejemplo en el quehacer de san Josemaría.

En 1972, don José María Hernández Garnica, antes de fallecer, quiso redactar un memorándum en el que refiere su asombro ante el «atrevimiento» de don Álvaro —antes de recibir la ordenación sacerdotal— para realizar gestiones ante cardenales y obispos, ante ministros de un gobierno, ante autoridades locales. Como narran algunos de los biógrafos de don Álvaro, una vez el mismo don José María le preguntó si no se sentía poco a su aire, falto de seguridad, en ese tipo de encargos. La respuesta, llena de fe en Dios y de confianza en el ejemplo de nuestro Padre, fue ésta: «Me acuerdo de la pesca milagrosa y de lo que dijo san Pedro: in nómine tuo, laxábo rete. Pienso en lo que ha dicho el Padre y sé que, obedeciéndole, obedezco a Dios» (cfr. Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, Rialp, 6ª ed., Madrid 1996, p. 79; Hugo de Azevedo, Missão cumprida, Lisboa, Diel 2008, p. 101).

Una corrección amable: «sois las reinas de la chapuza», Manchester, III-1960

En 1959 José María Hernández Garnica, por encargo de san Josemaría, pasó a ocuparse, entre otros países, de la labor apostólica en Inglaterra. Recuerda Amelia Díaz-Guardamino Echeverría, que vivía en Inglaterra: “Pensó que D. José María, entonces Consiliario de Francia, podría ayudarnos. Al año siguiente, lo nombró Delegado de Inglaterra, Francia e Irlanda, para que se ocupara muy especialmente de nosotras y, efectivamente, en el verano de 1959, nuestro Padre, de nuevo en Londres, nos dio la noticia. Supuso una gran alegría para todas saber que D. José María llegaría a las pocas semanas”.

El testimonio de D. José María Casciaro ayuda a comprender el porqué de ese interés: “era un hombre tan entregado y humilde, tan santo, que no recusaba trabajo alguno, era útil para todo lo que se le encargaba y se daba con todo entusiasmo y dedicación, aplicando su extraordinaria inteligencia y su capacidad de sacrificio. Yo sentía el buen ejemplo de aquel que, en las ocasiones que había tenido de estar cerca, siempre había sido un hermano mayor para mí, un referente claro de cómo «hacer el Opus Dei, siendo uno mismo Opus Dei», en palabras de nuestro amadísimo Padre”.

Al ser personas jóvenes, llenas de entusiasmo pero con poca experiencia, D. José María muchas veces tenía que corregir cuando detectaba que no se vivía bien el espíritu de la Obra. Amelia Díaz-Guardamino recordaba la siguiente anécdota: “En marzo de 1960, la casa de Manchester ya estaba terminada, pero como no era el momento oportuno para recibir estudiantes -para ese curso, naturalmente, ya tenían resuelto su alojamiento-, decidimos aprovecharla para hacer ahí los Cursos de formación de Numerarias, hasta que, en verano, se pudiera tener el primer curso internacional con residentes de otros países. D. José María había hecho otros viajes a Manchester, entre otras cosas para dirigir la instalación del oratorio, que no realizó él mismo como lo había hecho en París, pero nos enseñó a Esther y a mí. Supervisaba nuestro trabajo, corrigiendo lo que fuera necesario, que debía ser bastante, porque cuando salía mal, él mismo lo arreglaba y nos decía: «Sois las reinas de la chapuza»». Era una realidad que esa tarea de formación y orientación le proporcionaba muchas satisfacciones al ver cómo las nuevas generaciones asimilaban el espíritu del Opus Dei.

cfr. Roturando los caminos. José Carlos Martín de la Hoz. Ed. Palabra, 2011