El beato Álvaro y Chiqui en la prisión de San Antón

José María Hernández Garnica, prisionero en la Cárcel Modelo de Madrid, pasó a la prisión de San Antón a finales de noviembre de 1936, tras ser condenado a muerte por un tribunal popular.

El 5 de diciembre de 1936, tras dos días de asedio, los Guardias de Asalto tomaron la Embajada de Finlandia, arrestaron a todos los refugiados y los encerraron en la cárcel de San Antón. Entre ellos, se encontraba Álvaro del Portillo.

Prisioneros en San Antón

La prisión de San Antón

La prisión de San Antón

La cárcel de San Antón, o “Prisión Provincial de hombres número 2”, estaba situada en el antiguo Colegio de San Antón —regentado por los Escolapios hasta el inicio de la guerra civil española—, que había sido confiscado por las autoridades. Allí se hacinaban cientos de reclusos en condiciones inhumanas, muchos de los cuales fueron asesinados en Paracuellos del Jarama durante los meses de noviembre y diciembre de 1937: son los episodios conocidos como las “matanzas de Paracuellos”. Fueron días de enorme tensión. Álvaro y José María vieron la muerte muy cercana.

Salvado en el último minuto

Chiqui, julio de 1937

Chiqui, julio de 1937

El 27 de noviembre se incluyó a José María en una de las sacas de presos con destino al fusilamiento de Paracuellos del Jarama, pero se salvó milagrosamente en el último momento. Cuando estaba subido al camión, fue separado del resto “porque había sido reclamado para ser juzgado por otro tribunal” (cfr. Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita).

Quedó a disposición del Tribunal de Represión del Fascismo, que le acusó de desafección al Régimen y le condenó a ocho meses de cárcel. Cuando la madre de José María supo que se cumplirían las penas, sin más sacas, comentó: “Chiqui se salva. Se ve que Dios le quiere para algo importante en la vida”.

Los padecimientos de Chiqui

Lo contaba años después en Alemania, y así lo escribe D. Alfonso Par, uno de los que le escucharon: “Quizá lo que padeció durante los meses de cárcel en la guerra civil española le dejó como un sello grabado en el corazón. El haber visto la muerte tan segura y cercana, seguramente le abrió los ojos sobre lo poco que es todo lo terreno. D. José María nos lo contó en tertulias un par de veces: estaba condenado a muerte y ya le habían subido en el camión con todos los demás para fusilarles, cuando uno de los carceleros, le dijo: «Tú, bájate». Así le salvó. Todos los demás fueron fusilados. Pienso que estas experiencias quizá contribuyeron a que D. José María estuviera tan desapegado de todo lo terreno y aun de su propia vida” (cfr. Testimonio de Fernando Inciarte Armiñán).

Las vicisitudes del beato Álvaro

Álvaro del Portillo, 1937

Álvaro del Portillo, 1937

Álvaro del Portillo casi nunca mencionó los sufrimientos padecidos en la guerra civil. Una de las raras veces en que lo hizo fue en 1987, durante un viaje pastoral al Extremo Oriente. Se encontraba impartiendo una charla a sacerdotes, y la pregunta de uno de los asistentes le llevó a detenerse sobre el deber cristiano de perdonar las ofensas. Entonces, describió la situación de aquella cárcel: «Había una capilla en la que estaban encerrados cuatrocientos presos. Una vez, un miliciano comunista se subió al altar pateándolo y puso una colilla [un cigarrillo] en los labios de un santo; entonces, uno de los que estaban conmigo se subió al altar y le quitó la colilla. Lo mataron inmediatamente por haber hecho eso. Era un odio increíble a la religión».

Y añadió: «Yo no había intervenido en ninguna actividad política (…) y me metieron en la cárcel sólo por ser de familia católica. Entonces llevaba gafas, y alguna vez se me acercó uno de los guardas —le llamaban Petrof—, me ponía una pistola en la sien y decía: “—Tú eres cura, porque llevas gafas”. Podía haberme matado en cualquier momento».

Durante la estancia en San Antón padeció hambre, malos tratos, torturas psíquicas y físicas, humillaciones de todo tipo. Le hicieron comer —según contaba poco después san Josemaría a sus hijos de Valencia en una carta de 6 de abril de 1937— «¡pobre hijo de mi alma!, de todo», incluso excrementos humanos. Su madre y su hermana Pilar trataban de aliviar su situación, pero era inútil: «Le llevábamos comida, cosa que en aquellas circunstancias terribles nos resultaba muy difícil de conseguir: mi madre tenía que hacer cola durante varias horas para comprarla. Y luego, allí, en la cárcel actuaban con la arbitrariedad más absoluta: por ejemplo, un día le llevamos una tortilla y, al dársela a un miliciano para que se la entregara, se la comió delante de nosotros. Cuando acabó la guerra, nos contó que nunca le entregaron lo que le llevábamos».

Las veces que acudían a visitarle casi no podían hablar, «por el alboroto que había en la cárcel y por lo separados que nos ponían a unos de otros. Álvaro nos decía que nos paseásemos por la calle Fuencarral, porque las ventanas de su celda daban allí. Se conformaba con vernos, aunque nos advirtió que no mirásemos a su ventana. Y nos repetía que no nos preocupásemos por él. Vivía aquella situación con una gran serenidad, con aquel sosiego interior que le caracterizaba».

Buena prueba de esa paz es una carta —la única que se conserva— enviada desde la cárcel a su madre, en la que escribía: «Querida mamá; estoy en S. Antón muy bien. Tienen muchas atenciones con nosotros. (…) La comida es muy abundante; me suelo tomar dos o tres raciones de rancho».

Las visitas de Isidoro

Isidoro Zorzano

Isidoro Zorzano

San Josemaría e Isidoro Zorzano estaban, lógicamente, preocupados por Álvaro y Chiqui. Las visitas de Isidoro a la cárcel de San Antón fueron frecuentes y consoladoras, se veían en la Biblioteca de la cárcel, donde hablaban y rezaban juntos unos minutos.

El beato Álvaro escribe en su testimonio sobre Isidoro Zorzano: “Estalla la guerra española. Fue preciso, en los primeros momentos, desperdigarse. Dejé entonces, por unos meses, de tener trato continuo con Isidoro. Desde la cárcel de San Antón pude enviarle en el mes de diciembre un recado, para que me dieran noticias del Padre, de todos: para que nos dieran noticias, mejor dicho, pues estábamos Chiqui y yo juntos en la cárcel”.

En los diarios escritos por otros miembros del Opus Dei durante aquellos días, se recoge el desmejorado aspecto de Chiqui: la afección de riñón, unida al hacinamiento, la precaria alimentación y los malos tratos, iban haciendo mella en su salud. También se constatan las visitas de Isidoro y de Manuel Sainz de los Terreros a la cárcel de San Antón. La primera anotación es del 26 de enero. Siguen anotaciones de visitas el 27, 29, 30, 31 de enero, 1, 2, 3, 4 y 5 de febrero.

Dejan San Antón

El 28 de enero de 1937 Álvaro fue juzgado y —sin que mediara explicación alguna, como sucedió cuando le arrestaron— fue puesto en libertad al día siguiente. Habían transcurrido dos meses de encarcelamiento injustificado: nunca hubo acusación, ni verdadero proceso, ni sentencia.

Una semana después, el 5 de febrero, se confirmó la sentencia de Chiqui, que fue trasladado a Valencia a las tres de la mañana del día siguiente. Formó parte del cuarto envío de presos a esa ciudad. Los tres anteriores no llegaron a la ciudad del Turia porque los detenidos fueron fusilados a su llegada a Tarancón (Cuenca). Al llegar a Valencia ingresó en la Cárcel Modelo.

San Josemaría, 11 de marzo de 1937

San Josemaría, 11 de marzo de 1937

El desvelo de San Josemaría

En una meditación predicada por san Josemaría en la Legación de Honduras, donde estaba refugiado, comentaba: “Yo padezco por aquellos miembros de la Obra, hijos míos, que están ausentes en la trinchera, en la cárcel, […]. Y Chiqui… ¡con cuánta paz nos cuentan que lleva sus sufrimientos! Tendrá sus cruces interiores pero también, como todos, sus consuelos; esos consuelos que Tú sabes dar. Pido por él y también por todos los que se encuentren en un trance difícil, sin conocerlo nosotros”.

cfr. Roturando los caminos. José Carlos Martín de la Hoz, Ed. Palabra, 2012 y Álvaro del Portillo. Un hombre fiel. Javier Medina, Ed. Rialp, 2013

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