La formación de las primeras mujeres de la Obra, y ¡el mundo entero!

La formación de las primeras mujeres de la Obra y la expansión… ¡al mundo entero! 27 de diciembre de 1946 en Roma.

Tras su ordenación sacerdotal, san Josemaría confió a D. José María Hernández Garnica, en 1946, la atención de las primeras mujeres de la Obra.

El alma femenina

losRosales

Los Rosales

Es un testimonio unánime que supo entender el alma femenina. Por ejemplo, Rosario Orbegozo recordaba: “En Los Rosales, D. José María era el sacerdote que nos atendía: nos celebraba la Santa Misa y nos daba las clases de formación. Algunos días venían a darnos clase otros sacerdotes de la Obra que se acababan de ordenar, pero realmente, el que llevaba el peso de nuestra formación era D. José María. Fue, sin duda alguna, el gran colaborador de nuestro Padre en la formación de las primeras mujeres de la Obra; estaba pendiente de todo lo que nos ocurría, nos organizaba lo que teníamos que hacer y nos enseñaba a llevarlo a cabo. Nos comprendía como nadie; pienso -tengo la seguridad- de que es el sacerdote que mejor ha entendido a las mujeres, y ese conocimiento le llevó a ayudarnos con una delicadeza extraordinaria, y a exigirnos cuando era necesario”.

María del Carmen Rodríguez Eyré añade: “El papel de D. José María fue clave en una doble vertiente: unirnos al Fundador, a quien amaba entrañablemente con fidelidad eficaz y afectiva, y captar y desentrañar desde su tarea sacerdotal lo que se ha dado en llamar el «genio femenino» e incorporarlo, despojado de accesorios, al patrimonio general común de la Obra: Nunca he oído a nadie que se haya sentido herida por D. José María, o que considerase que no «se hacía cargo de lo nuestro»: el modo específico de ser, estar y entender la vida de las mujeres (…). Indudablemente, desde esta perspectiva, la figura humilde y discreta de D. José María se agranda de forma insospechada, por su fidelidad al Fundador en una etapa crucial para cualquier institución como es la de los comienzos, y se transforma en referente para quienes con el correr de los tiempos deban desempeñar tareas semejantes”.

A todo el mundo, pero en los detalles

Basílica-San-PedroEl Siervo de Dios comenzó por enseñarles a vivir el espíritu de la Obra, primero en la vida ordinaria, luego en la expansión apostólica por España y después en el mundo entero. A este respecto, recoge Sabina Alandes: “Cuando llegó el momento de la expansión fuera de España, estuvo pendiente de todo, desde enseñarnos los trámites que debíamos seguir para sacar los pasaportes (en aquella época conseguir un pasaporte para ir a cualquier país era muy difícil), hasta prepararnos bien para llevarlo todo. Yo me fui a Argentina en circunstancias excepcionales, pues negaron la entrada a todas las que me acompañaban menos a mí. Aunque todo estaba preparado para no encontrarme sola, D. José María fue a Roma a hablar con nuestro Fundador y al volver me dijo: de parte del Padre que te vayas tranquila, que si cumples las Normas y eres sincera con el sacerdote que está allí, no te pasará nada. Me indicó que sería bueno que fuera a Valencia a despedirme de mi padre y el resto de la familia”.

Chiqui en Molinoviejo, 11-VIII-1946

Chiqui en Molinoviejo, 11-VIII-1946

Respecto a ese modo familiar de gobernar, recordaba Rosalía López: “Recuerdo que el día 24 de diciembre nos predicó una meditación muy entrañable. Contó que nuestro Padre le había escrito desde Roma y deseaba que en cuanto se pudiera, fueran sus hijas a la Ciudad Eterna. A Dora del Hoyo y a mí, ya en Molinoviejo, san Josemaría nos había dicho que nos llamaría a Roma pronto: había llegado el momento. D. José María meditaba en voz alta sobre la alegría de nuestro Padre de ver la primera expansión de las mujeres… ¡al mundo entero!; sobre cómo se apoyaba toda la Obra en nuestro trabajo, apostolado de apostolados… Se notaba que el suyo era un mismo sentir con nuestro Fundador. Tres días después, el 27 de diciembre nos vinimos a Roma. D. José María se ocupó de conseguir todo lo que pensaba -o sabía- que hacía falta: desde las maletas y algunos objetos para la casa hasta una mantelería y algo de comida para los primeros momentos romanos”.

cfr. Roturando los caminos, José Carlos Martín de la Hoz, ed. Palabra, 2011

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