En el aniversario de su entrega a Dios en el Opus Dei

Álvaro del Portillo había solicitado la admisión en el Opus Dei el 7 de julio de 1935. Era amigo de infancia de José María Hernández Garnica y también antiguo alumno del Colegio del Pilar, de Madrid.

José María ya frecuentaba la Residencia DYA, y algunos miembros del Opus Dei le habían planteado su posible vocación, sin obtener una respuesta afirmativa. También Álvaro trató del tema con él, y Hernández Garnica, que usaba un lenguaje escueto y, a veces, rotundo, parece que llegó a emitir un comentario de este tenor: «Ahora, hasta el pelma de del Portillo, que antes no abría la boca, no hace más que insistirme para que me decida a ser de la Obra» (cfr. Álvaro del Portillo, Un hombre fiel, Javier Medina, Ed. Palabra, 2013)

La verdad es que José María se “resistió” pocos días. En el siguiente ARTÍCULO se recogen los recuerdos del propio Chiqui sobre ese día que marcó un antes y un después en su vida, el 28 de julio de 1935: la llamada de Dios.

También lo cuenta el Postulador de la Causa en el siguiente vídeo

Su gran corazón; sabía querer

El postulador de la causa, D. José Carlos Martín de la Hoz, explica varios recuerdos de cómo D. José María sabía querer a las personas, adelantándose a sus necesidades, hasta en los detalles más domésticos. Esta capacidad de poner el corazón para servir con acierto a los demás, era una manifestación clara de que estaba muy metido en Dios, y todos podemos sacar lecciones prácticas.

Más favores de Chiqui

Estampa castellano (cara 1)Se recogen a continuación algunos favores de Chiqui recientes. Anímate a acudir a su intercesión y dejar constancia del favor, por mail a jmhg@montalegre.org

******

Un incidente de circulación

Había comenzado el día pidiéndole a José María Hernández Garnica sus ayudas en varias cosas pequeñas, y todavía no me había parado para comprobar que me las había obtenido y agradecérselo. Y en ese ambiente, me ha ocurrido un episodio, en el cual, su ayuda se ha producido de manera que yo calificaría de espectacular.

Éste ha sido una oportuna intervención del Cielo para que no tuviera consecuencias el golpe que se han dado el coche en que iba yo y un ciclista, que apareció de manera imprevista, y estaba atravesando la calle por la que el coche circulaba. Y digo imprevista porque él se había introducido en esa calle, viniendo de la acerca de una vía llamada Ronda de Dalt, en la que circulaba en sentido opuesto al que le correspondía. El coche en el que iba yo, que circulaba a poca velocidad porqué acababa de superar el paso de peatones, pudo frenar a tiempo, y el golpe con la bicicleta no tuvo consecuencias, ni en la persona del ciclista, que, además no llevaba casco, ni en la bicicleta. La policía municipal pudo intervenir oportunamente para comprobar las circunstancias y para que se hiciera la comprobación médica de que nada había ocurrido.

Con mucho gusto dejo constancia de este favor, en el que se refleja su caridad con las personas: con el accidentado y con las que hubieran podido sufrir las consecuencias de otras molestias.

Barcelona, 30-VI-2014, Ferran B.

* * * * * * * * *

El monedero extraviado

Un viernes al mediodía, al volver a casa después del trabajo pasé por el supermercado para comprar dos cosas que hacían falta para la comida. Compré y fui a casa a comer.

A media tarde salí con mi hermana a hacer la compra semanal, y me di cuenta de que no llevaba el monederito rojo en el que llevo el dinero, la tarjeta del banco, la tarjeta sanitaria y el documento nacional de identidad.

Volví a casa y estuve buscando mucho por toda la casa, y también por casa de mi sobrina, que vive en el mismo edificio que yo, y donde había estado antes de salir a comprar. Ella y sus hijos (todos muy pequeños) estuvieron buscando… todo sin éxito.

Entonces me puse a pedirle a Don José María que, por favor, encontrara el monederito rojo con todos los documentos.

Así pasé el viernes por la tarde, sábado, domingo, lunes, y el martes por la mañana recibo una llamada del banco diciéndome que allí estaba una señora que había encontrado algo mío; yo enseguida le dije: «mi monederito rojo», y me dijo que sí, así era. Me dijo el nombre de la señora, que lo tenía en su tienda, en tal dirección…y me dio el úmero de teléfono de la señora. Me puse tan contenta, que lo primero que hice fue entrar a una Iglesia a dar gracias por la evidencia del favor que me había hecho Don José María!

Por la tarde llamé a la señora, y se puso su hijo pero me dijo que podía pasar por la tienda en el horario comercial.

Fui a la tienda, con unos bombones en agradecimiento, pero tampoco estaba la propietaria y me atendió una dependienta. Le dije que iba a recoger un monederito rojo que habían encontrado y le pregunté cómo había ido a parar a su tienda (que estaba en la acera de enfrente al supermercado al que había ido al mediodía). Ella me dijo que lo encontró un chico y se lo entregó a ellas.

El monederito estaba intacto, tenia todo, hasta las moneditas, la lotería primitiva, las tarjetas…

Le agradecí mucho a la señora que me atendió, le entregué los bombones que les llevaba, y también le entregué una estampa de Don José María, le expliqué que cuando me di cuenta de que había perdido el monederito, le pedí a él que lo encontrara intacto, y así fue, y quería que ella lo conociese y le pudiese pedir favores también.

RTR, Barcelona, 22-IV-2014

* * * * * * * * *

Una cerradura bloqueada

Cuando visite a mis ancianos padres me contaron que se habían perdido las llaves de la casa. Mi padre me pidió que fuera a la ferretería para hacer una copia con la llave original que conservaba en casa. Al parecer las había extraviado mi madre que padece Alzheimer y aunque habían buscado por todos los lados no las encontraron. En la ferretería me advirtieron que se trataba de un modelo de seguridad difícil de copiar. Así y todo me anime a hacerla ya que se comprometieron a intentarlo de nuevo si no resultaba bien.

Al regresar a la casa mi padre quiso probar inmediatamente: primero, por fuera, y esta abría bien, luego por dentro. Con la puerta cerrada probamos la llave por dentro, dimos dos vueltas y se manejaba bien, pero al querer abrir la llave se atascó. De ninguna manera podíamos abrir.

Mi padre se puso nervioso. Primero, echó lubricante para facilitar el giro y no resultó. Después quiso llamar a mi hermano para que viniera a la casa e intentara algo desde el exterior. Viendo que sufría, le anime a desayunar tranquilamente, que lo intentaríamos de nuevo. Lo hice con intención de intentarlo sola y rezando con fe a la vez.

Pensé a quien acudiría. Me decidí por D. José María. Me dirigí recordándole que ya que no me había concedido otro favor, bien podría concederme ahora este. También añadí que lo pedía para que mi padre quedara contento y tranquilo. Además si no se arreglaba no podía recibir a la señora de la limpieza que estaba a punto de llegar ni yo podría volver a mi domicilio hasta que viniera un cerrajero. Prometí escribir este favor si lo concedía.

Con fe pedí su ayuda y después de forcejear la llave cedió, giro y pudimos abrir.

Le explique a mi padre que había pedido ayuda a un santo que era ingeniero y se llama José María Hernández Garnica. Se alegró y asintió.

A.L.J (San Sebastián), 21-IV-2014

Enviado desde mi iPad

 

7 de julio de 1935: la vocación de Álvaro del Portillo

Con San Josemaría y D. Álvaro. París, 3 de febrero de 1959
José María Hernández Garnica con San Josemaría y D. Álvaro. París, 3 de febrero de 1959

El 6 de julio de 1935 Álvaro del Portillo acudió a la Residencia DYA para saludar al Fundador del Opus Dei antes de partir hacia La Granja con sus padres y hermanos. No se veían desde el mes de marzo. Se trataba de un impulso de la Providencia divina. «Aquel sacerdote se me había quedado grabado: era, evidentemente, cosa de Dios. Y cuando estaba a punto de salir de Madrid, antes del verano, se me ocurrió: voy a despedirme de aquel sacerdote que era tan simpático. Fui, aunque no le había visto más que cuatro o cinco minutos. Me recibió y charlamos con calma de muchas cosas. Después me dijo: mañana tenemos un día de retiro espiritual —era sábado—, ¿por qué no te quedas a hacerlo antes de ir de veraneo?» (Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 25-IX-1975: AGP, Biblioteca, P01, 1975, 1637).

Al día siguiente, domingo 7 de julio, asistió al retiro. Según sus propios recuerdos, san Josemaría predicó «sobre el amor a Dios y el amor a la Virgen» (Ibid., 1638), y le conmovió profundamente: «Yo no había oído nunca hablar de Dios con tanta fuerza, con tanto amor a Dios, con tanta fe» (Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 7-VII-1985: AGP, Biblioteca, P01, 1985, 871). Después, a lo largo de los años, en varias ocasiones contó con expresión castiza cómo, tras escuchar esas meditaciones, se había quedado hecho fosfatina (Cfr. Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 2-X-1975: AGP, Biblioteca, P01, 1975, 1638).

Sin dilaciones, ese mismo día pidió a san Josemaría la admisión en el Opus Dei. Su alma estaba bien dispuesta para recibir la gracia de Dios. Álvaro siempre estuvo convencido del carácter sobrenatural de su decisión:«Se trató evidentemente de una llamada divina porque no se me había pasado ni lejanamente por la cabeza la idea de una vocación de esa clase: yo pensaba solamente que me doctoraría en ingeniería y crearía una familia» (Del Portillo, Á., cit. en Perfil cronológico-espiritual del Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo, Obispo y Prelado del Opus Dei (1914-1994), Roma 2002, pp. 37-38 (AGP, Biblioteca).) Según sus palabras, Dios le envió una gracia “tumbativa”: «Cuando tenía veintiún años, conocí a nuestro Padre. Fue entonces cuando me hablaron de la Obra, y recibí aquella gracia tumbativa que me empujó a responder: Señor, aquí estoy, yo quiero ser de la Obra» (Del Portillo, Á., Homilía con ocasión de su 75º cumpleaños, 11-III-1989, cit., p. 287.).

Álvaro del Portillo intervino decisivamente en la vocación de José María Hernández Garnica. Ambos se conocían desde niños, vivían en la misa calle y eran casi de la misma edad. Así lo relataba el propio Chiqui en una meditación escrita el 19 de febrero de 1972: “Delante del pequeño grabado de Cristo en la barca con los apóstoles, con el texto de San Marcos cap. 1, versículo 16, escrito de puño y letra del Padre (“Y, al pasar junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores”: Mc 1,16), Álvaro hacía comentarios ad hoc para que me decidiera a servir a Dios”. Durante toda su vida el Siervo de Dios guardó en el alma el agradecimiento por esta intervención de Álvaro y la veneración hacia su persona, a quien consideró ejemplo de santidad y entrega en el Opus Dei.

cfr. Javier Medina, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel. Ed. Palabra, 2013 y José Carlos Martín de la Hoz, Roturando los caminos, Ed. Palabra, 2013