23-XI-72: Último encuentro de San Josemaría y Chiqui

D. José María, ya enfermo

D. José María, ya enfermo

Durante los meses de octubre y noviembre, San Josemaría realizó un viaje de catequesis por diferentes lugares de España y Portugal. A Barcelona -última etapa del viaje- llegó el 20 de noviembre, y enseguida preguntó por el siervo de Dios José María Hernández Garnica. Había llegado a Barcelona dos meses antes para ser tratado de su grave enfermedad, pero la evolución no estaba siendo buena y se preveía un pronto desenlace.

La visita quedó fijada para el 23 de noviembre. Ese día el siervo de Dios se trasladó desde la Clínica Quirón, donde estaba internado, al Centro del Opus Dei cercano, en la C/. Balmes, 429, de Barcelona. Allí, san Josemaría le vio por última vez. Llegó sobre la una de la tarde y dio un abrazo muy fuerte a ese hijo suyo ya gravemente enfermo. Lo narraba D. Florencio Sánchez Bella, que fue testigo del encuentro: “Desde tiempo atrás el Padre esperaba esa ocasión para acercarse a verle, y venía pensando qué obsequio podría llevarle, para alegrar y ayudar a ese hijo suyo. Al final, decidió comprar un pequeño tríptico con las catorce estaciones del Vía Crucis. El día previsto para la visita, nuestro Padre tuvo una tertulia en el Brafa. Al cumplirse el tiempo de concluir esta reunión, me acerqué a nuestro Padre para avisarle, y le recordé que Chiqui nos estaba esperando. El Padre se dirigió inmediatamente a los que le escuchaban: «Me espera un enfermo, y no tengo derecho a hacer esperar a un enfermo, que es Cristo. Le hace falta el padre y la madre, y yo soy padre y madre.».

Una tertulia en Brafa

Una tertulia en Brafa

D. Álvaro, D. Javier y yo acompañamos al Padre hasta el centro de la calle Balmes, donde esperaba D. José María. El encuentro con nuestro Padre fue uno de los episodios más emotivos que he presenciado en mi vida, por las muestras de fidelidad que D. José María -consciente de que era la última vez que se encontraba con nuestro Fundador- quiso demostrar al Padre, venciendo su completa postración física. El Padre estaba conmovido.

Esa misma tarde, pocas horas después de ese encuentro, San Josemaría comentaría: Hoy he estado con un hermano vuestro… Tengo que hacer unos esfuerzos muy grandes para no llorar, porque os quiero con todo el corazón, como un padre y como una madre. Hace unos meses que no le había visto; me ha parecido un cadáver ya… Ha trabajado mucho y con mucho amor; quizá el Señor ha decidido darle ahora ya la gloria del Cielo…”

Y lo recordaría también al día siguiente, en Bell-lloc del Pla, con ocasión de una numerosa tertulia: “Ayer estuve yo con un hijo mío que se está muriendo, y le vi sereno, tranquilo…, Ya casi no puede hablar, y sin casi: no le entendí nada. Sólo pude mirarle los ojos, verlo físicamente destruido… Ha trabajado prácticamente en toda Europa: en Inglaterra, Irlanda, Suiza, Francia, Holanda, Bélgica, Austria, Alemania… Está con una paz inefable. Él no quiso de ninguna manera darme a entender que no me vería más en la tierra, y yo tampoco se lo quise decir, pero nos entendimos a pesar de no querernos entender. No se queja de la Cruz, ¡y es muy duro lo que tiene! Una enfermedad tremenda… ¿Por qué no se queja de la Cruz? Porque la ama. Cuando vamos de frente al dolor y lo abrazamos, la Cruz ya no es peso, es el triunfo de Dios en nuestras almas y en nuestra vida.”

San Josemaría en Brafa

San Josemaría en Brafa

Días más tarde -al conocer su fallecimiento- D. Florencio Sánchez Bella resumiría así sus impresiones de aquel momento: «se le veía ya consumido, deshecho. No podía hablar, pero estaba tan contento, tan feliz. Quiso decirme algo, y no le entendí sino por los gestos. Cuando le comenté el bien que estaba haciendo con los guiones y meditaciones que preparaba -él los entregaba por si servían para algo-, supliendo así su trabajo sacerdotal, me dio a entender que lo hacía hasta donde le llegaba la cabeza. Y la cabeza le llegaba hasta muy lejos, porque tenía una mente formidable y una memoria extraordinaria». Con palabras casi ininteligibles, D. José María dijo al Padre que sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa. Nuestro Fundador le entregó entonces el Vía Crucis que llevaba, y le dijo: «ahora el Señor te deja que estés en su Cruz las veinticuatro horas: todo tu día es una Misa». Aunque, mientras permaneció al lado de D. José María, nuestro Padre se esforzó en quitar importancia a las cosas, para ayudar a ese hijo suyo a ser más fuerte y a ofrecer sus dolores con alegría, al salir se le veía conmovido, muy dolorido; ya en el coche, tuvo que esforzarse para cambiar de tema de conversación, aceptando plenamente la Voluntad de Dios”.

Y añadía D. Florencio: “Al despedirnos, el Siervo de Dios, se arrodilló para recibir la bendición del Padre; a continuación, con gran sorpresa de los que estábamos allí, se inclinó para besar sus pies. Fue un instante conmovedor y sorprendente, impropio de su modo de ser y de actuar. Pienso que al despedirse del Padre por última vez, quiso manifestarle así su cariño y veneración con aquel acto de humildad”.

D. Eusebio Bazán recordaba de este modo la alegría de D. José María después de ese encuentro con el Fundador del Opus Dei: “Cuando, por la noche, fui a dormir a la clínica (…), ya estaba acostado. Al entrar en la habitación, inmediatamente escribió en el bloc: «Ha estado con la ruina». Cariñosamente, como en otras ocasiones similares, le reñía si utilizaba expresiones así o semejantes. A la vez, me mostró un Vía Crucis, pequeño, enmarcado, que le había regalado nuestro Padre y que dejó puesto en la mesilla, para verlo desde la cama. Al mostrármelo, con expresión ya muy feliz, escribió: «Al que le toca, le toca». Fue deseo de nuestro Padre ir a visitarle otra vez, pero D. José María prefirió que no fuera y escribió: «La segunda vez no quise yo que viniese el Padre, porque pasa muy mal rato»”.

Antes de salir para Roma, san Josemaría le escribió estas líneas: “Queridísimo Chiqui: antes de salir de viaje a Roma, mil abrazos llenos de cariño, la seguridad de que te acompaño siempre, y la mejor bendición de tu Padre”.

Al poco de llegar a la Ciudad Eterna, estuvo un rato con sus hijas de la Asesoría Central y, entre otras cosas, les relató su conversación con D. José María Hernández Garnica con estas expresivas palabras: “Nos lo hemos dicho todo con la mirada: aquí en la tierra no volveremos a vernos”.

En este pequeño vídeo nos lo explica el mismo Postulador:

cfr. El Fundador del Opus Dei, tomo III, Andrés Vázquez de Prada, y Roturando los caminos, José Carlos Martín de la Hoz, Ed. Palabra, 2012.

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