El viaje “exploratorio” a la ermita de Torreciudad

21 de octubre de 1956; D. José María Hernańdez Garnica con otros tres salen de Bolturina a «explorar» la ermita de Torreciudad. La víspera, D. José María había llegado de Madrid con una estampa de la Virgen de Torreciudad, que San Josemaría había enviado desde Roma.

Grabado de la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad con anotación autógrafa al margen de San Josemaría, recordando la primera vez que fue a la ermita, en brazos de su madre, en 1904

Grabado de la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad con anotación autógrafa al margen de San Josemaría, recordando la primera vez que fue a la ermita, en brazos de su madre, en 1904

En 1904 la madre de san Josemaría llevó allí a su hijo cuando apenas tenía dos años de edad. Aunque había nacido sano, sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, que era amigo de su padre, José Escrivá, llegó a decirle que de esa noche no pasaría. Los padres de san Josemaría reaccionaron como buenos cristianos y, después de rezar abandonándose en la Voluntad de Dios, prometieron que si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad. A la mañana siguiente el doctor Camps fue a visitar la casa de los Escrivá y preguntó a qué hora había muerto el niño. José Escrivá le respondió que se había curado, lo que pudo comprobar el propio médico. Tiempo después, cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad.

Pasaron los años. En 1956 San Josemaría envió al Consiliario del Opus Dei en España un folleto que incluía dos páginas relativas a Nuestra Señora de Torreciudad. San Josemaría había escrito en una de las páginas: A esta ermita me llevó mi madre, después de mi curación, cuando yo tenía un par de años: porque -repetía siempre- desahuciado por el médico, me curó la Ssma. Virgen.

Aspecto de la ermita de Torreciudad y el valle del Cinca, antes de la construcción del embalse y del santuario

Aspecto de la ermita de Torreciudad y el valle del Cinca, antes de la construcción del embalse y del santuario

El sábado 20 de octubre de 1956, D. José María Hernández Garnica, fue desde Madrid a Zaragoza. En el laboratorio de Geografía de la Facultad de Letras, se reunió con D. José Orlandis y José Manuel Casas Torres, catedráticos de Historia del Derecho y de Geografía, respectivamente, con el fin de buscar en los mapas la situación exacta de Torreciudad. No aparecía en los mapas disponibles y, después de mucho buscar, por fin encontraron una referencia en una obra publicada en 1798, la “Historia de la Economía Política de Aragón”, de Ignacio Jordán de Asso, cuya reedición había dirigido poco antes el profesor Casas Torres. En uno de los mapas aparecía Bolturina y, como conocían su cercanía a Torreciudad, pudieron por fin fijar el recorrido.

Al día siguiente, domingo 21, fueron en coche con D. Juan Domingo Celaya, para visitar la ermita y ver sobre el terreno dónde estaba Torreciudad. Llegaron hasta Bolturina, que resultó ser un pueblo muy pequeño y medio abandonado, donde sólo vivían unos ocho o diez vecinos. Allí preguntaron a una mujer del pueblo por el camino para ir a Torreciudad y también si había allí alguna persona que tuviera las llaves de la ermita y pudiese abrirla. La mujer respondió que durante el verano en la casa adosada a la ermita vivía una santera, pero cuando avanzaba el otoño cerraba la casa y se bajaba al pueblo. Al insistir ellos para tratar de averiguar dónde estaría ahora la santera, la mujer les contestó: “Si encontrarán la ermita abierta no se lo puedo decir; pero ustedes de todos modos vayan, que aunque la encuentren cerrada la Virgen igual se lo ha de agradecer”.

Imagen de Nuestra Señora de Torreciudad

Imagen de Nuestra Señora de Torreciudad

Con esas informaciones continuaron por el camino que aquella mujer les había indicado. “Tardaríamos alrededor de una hora en llegar, recuerda D. Juan Domingo Celaya. En un cierto momento -continúa-, al llegar a la cuerda de la montaña pudimos ver en el extremo de la ladera la ermita, como colgada sobre unos escarpados muy abruptos -quizá de unos cien metros de altura- que caían en vertical sobre el cauce del Cinca”. El paisaje era muy árido, monte pedregoso, de tipo erial, con vegetación esteparia, salvo unas parcelas mejores en las que se cultivaban cereales. Se veían tan sólo unos almendros cerca de la ermita y la atalaya cercana a ella. A lo lejos, hacia el Norte, se veían los Pirineos. Existía el proyecto de levantar una presa en El Grado, y hacer un embalse que embellecería notablemente el paisaje, pero entonces no habían empezado las obras.

“Encontramos la ermita abierta -continúa D. Juan Domingo-, y allí estaba la santera con varias chicas de El Grado que habían subido a rezar a la Virgen. Entramos en la ermita y rezamos un buen rato delante de la Virgen, para agradecerle el gran favor que medio siglo antes nos había hecho. Luego sacamos varias fotos de la Virgen. Pudimos incluso dar la vuelta a la Virgen en el camarín, para retratarla con más luz y más cerca. La Virgen iba cubierta con un manto, y tanto de Ella como del Niño tan sólo quedaban al descubierto la cabeza y las manos, por lo que no podía apreciarse la calidad de la talla. Sacamos también fotos del interior y del exterior de la ermita”. La antigua ermita se encontraba medio en ruinas. Durante la guerra civil española habían destrozado el retablo y quemado los enseres de culto. Afortunadamente, un vecino logró salvar la imagen de la Virgen escondiéndola entre las peñas.

Santuario de Torreciudad

Santuario de Torreciudad

Como se había hecho tarde y estaban lejos de un lugar poblado, preguntaron a la santera si les podría preparar algo para comer. Ella dijo que mataría un pollico de los que tenía y se lo guisaría. Mientras tanto, recorrieron la atalaya y alrededores y rezaron por las gestiones que había que emprender para conseguir que algún día pudiesen realizarse los planes de piedad y devoción a la Virgen en Torreciudad que San Josemaría tenía. La santera había preparado el almuerzo en el pequeño comedor de la hospedería, ayudada por las chicas de El Grado, que se quedaron allí para eso, y sirvieron la comida. Pagaron a la santera y al querer dar una propina a las chicas, éstas no quisieron tomarla, diciendo que habían tenido mucho gusto en servir a unos sacerdotes y unos peregrinos, y que lo hacían por devoción a la Virgen.

Regresaron a Bolturina por el mismo camino que a la venida, “con la impresión -recuerda D. José Orlandis- de que, con criterios prudentes en lo humano, nada cabía hacer en aquel lejano e inhóspito paraje donde se encontraba la ermita. Era precisa la recia fe y el encendido amor a la Virgen del Fundador del Opus Dei para acometer una “locura” más y conseguir el “imposible” de transformar lo que habíamos visto aquel día en lo que hoy es el santuario de Torreciudad”. De paso hacía Zaragoza se detuvieron en Barbastro para visitar a D. Santos Lalueza, Vicario General de la diócesis.

Mayo de 1975. San Josemaría rezando ante el retablo de la Ermita

Mayo de 1975. San Josemaría rezando ante el retablo de la Ermita

Un mes más tarde, el 24 de noviembre, volvieron a Barbastro D. José María Hernández Garnica y D. José Orlandis para ver al Obispo D. Segundo García de la Sierra y tratar de los futuros planes para Torreciudad. D. Santos había preparado la visita y el Obispo se mostró en principio bien dispuesto con vistas a una posible cesión de la ermita a la Obra, aunque en esta primera visita no se concretó ninguna fórmula de solución. Así se iniciaron las gestiones que se prolongarían unos años hasta que por fin pudieran iniciarse las obras de construcción del nuevo santuario.

Recuerda D. Florencio Sánchez Bella en su testimonial que “cuando se iniciaron los trabajos de construcción del nuevo santuario, Chiqui se llevó una gran alegría. Entendió perfectamente la magnitud de la obra que se emprendía gracias al amor a la Virgen que tenía el Padre. En las distintas ocasiones en que nos encontramos a lo largo de aquellos años, se interesó por la marcha de las obras, y nos animaba a vencer todos los obstáculos que se presentaban. Decía que daríamos una alegría muy grande al Padre, y que cuando se concluyesen sería un lugar espléndido para fomentar peregrinaciones de todos los sitios para honrar a la Santísima Virgen, logrando conversiones y el fomento de la piedad mariana”

Mayo de 1975. San Josemaría contemplando el retablo del santuario, acompañado por don Álvaro

Mayo de 1975. San Josemaría contemplando el retablo del santuario, acompañado por don Álvaro

El Siervo de Dios fallecería sin ver terminado el santuario de Torreciudad. San Josemaría estuvo por última vez en mayo de 1975, un mes antes de su marcha al Cielo.

cfr. Barbastro y el Beato Josemaría Escrivá, Manuel Garrido, Ed. Ayuntamiento de Barbastro, 1995; El Fundador del Opus Dei (Tomo III), Andrés Vázquez de Prada, Ed. Rialb, 2003; Roturando los caminos, José Carlos Martín de la Hoz, Ed. Palabra, 2012.

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