Maestro de buen humor

D. José Luis Soria, Canadá 2009

Reproducimos parte de una entrevista en la web de San Josemaría, a D. José Luis Soria, «Maestro de buen humor», donde refiere su reacción ante la enfermedad de D. José María Hernández Garnica. Don José Luis Soria, conoció a san Josemaría en 1953. Médico, se ordenó sacerdote en 1956 y desde ese momento, hasta el último día que San Josemaría pasó en la tierra, vivió a su lado, en Roma. Actualmente ejerce su labor sacerdotal en Canadá.

Roma, 23-4-1973

¿Cómo reaccionaba ante los sucesos objetivamente malos: calumnias, la falta de fidelidad a Jesucristo, o la grave enfermedad o muerte de alguna persona querida?

Le he visto siempre reaccionar con un gran sentido sobrenatural, como un hombre de gran corazón y de una fe auténtica. Según la naturaleza de la contradicción, podía reaccionar con tristeza si el suceso implicaba una falta de fidelidad a Jesucristo, ya fuera una calumnia o una falta de generosidad con Dios. Pero se aplicaba la fórmula que nos aconsejaba siempre: rezar, callar, sonreír, perdonar.

Guatemala, 19-2-1975

Recuerdo su dolor, y su paz, al mismo tiempo, cuando recibió la información médica sobre la enfermedad que sufrió (y de la que falleció) don José María Hernández Garnica, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Me pidió que le explicara con detalle el informe, que estaba redactado con lenguaje técnico. Estábamos los dos solos en una habitación, y cuando empecé a aclarar el significado del diagnóstico y del grave pronóstico médico, San Josemaría comenzó a llorar desconsoladamente. Cuando terminé de leer, me dijo: perdona, hijo, por el mal ejemplo que te he dado, pero así has visto también que el Padre tiene corazón. Y a continuación recitó muy despacio, como paladeándola, la oración que había incluido en el punto 691 de Camino: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. -Amén. -Amén.

Una familia cristiana: sabor de hogar

Reproducimos unas páginas de «Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei«, de Salvador Bernal Explica el sufrimiento y el cariño de San Josemaría ante la enfermedad de D. José Mª Hernández de Garnica y de otros miembros del Opus Dei.

El 25 de mayo de 1975 recibe la medalla de oro de Barbastro, ciudad natal de san Josemaría

“Muchas veces –expresa don José Luis Múzquiz, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, junto con don Álvaro del Portillo y don José María Hernández de Garnica– he visto al Padre, aun teniendo mucho trabajo, pasarse tiempo junto a un enfermo, dándole visión sobrenatural, contándole cosas para distraerle, haciendo alguna norma de piedad con él”.

En los años setenta, cuando empezó a estar muy enfermo don José María Hernández de Garnica –Mons. Escrivá de Balaguer le llamó siempre con su apelativo familiar, “Chiqui”–, don José Luis Múzquiz recibió en febrero de 1972 una carta de don Álvaro, diciéndole que “Chiqui está muy mal de salud”, y que quiere “el Padre que te lo escriba yo directamente para que reces”. Al leer esto, don José Luis se acordó de que, igual que, con la enfermedad de Isidoro Zorzano –como las madres cuando están sus hijos pequeños enfermos– el Padre presentía algo grave, antes del diagnóstico de los médicos. Lo mismo sucedía en esta ocasión: don José María Hernández de Garnica había ido a Roma y en cuanto el Padre lo vio, lo mandó inmediatamente a que le hicieran una revisión médica a fondo.

La víspera de la Fiesta de la Inmaculada –7 de diciembre (le 1972– murió en Barcelona don José María. Poco después, don José Luis Múzquiz recibía una carta de Roma:
Me ha llegado hace unos momentos la dolorosísima noticia del fallecimiento de Chiqui (q.e.p.d.). Bien purificado se nos lo ha querido llevar el Señor. No puedo ocultarte que he sufrido –que sufro mucho–, que he llorado.
Haz muchos sufragios por él, y pide a todos que los hagan, aunque estoy seguro de que ya no los necesitará. Encomiéndale –yo lo he hecho desde el primer momento– todas las cosas que llevamos en e1 corazón, que Chiqui seguirá empujando, como ha hecho siempre, muy cerca de la Santísima Virgen.
Que estés sereno y con paz: el Señor sabe más.

Así en la muerte, como en la vida. Encarnación Ortega subraya la delicada ternura del Padre: “Intuía nuestras preocupaciones, nuestro estado de ánimo”. Y detalla manifestaciones bien concretas de cómo hacía compatible ese cariño suyo –materno– con la energía en la corrección y la fortaleza de un padre que sabe exigir a sus hijos, también porque los quiere. Así, cuando llegaban a Roma asociadas de la Obra, generalmente para cursar estudios, se preocupaba de que se les facilitase la ambientación, especialmente si venían de países lejanos, muy distintos: evitarles los rigores del clima, hacer que se incorporasen gradualmente a las comidas italianas, proporcionarles la compañía de personas que hablasen su idioma.

Encarnación Ortega estaba en Londres en septiembre de 1960. Poco antes, algunas asociadas del Opus Dei habían marchado a Osaka y Nairobi. Comenzaban el trabajo apostólico de la Obra, como siempre, con muy pocos medios materiales. El Fundador, que por aquellos días se encontraba en Londres, sentía en su corazón la premura de llamarles por teléfono para tener noticias directas de ellas. Preguntó cuánto costaría, y calculó que, prescindiendo de otras cosas, podrían hacer ese gasto. Y lo hizo. Le venció su corazón de Padre.

Pero el cariño no excluía la fortaleza, que era un modo distinto de manifestar ese cariño. Nunca dejó de corregir: ni en asuntos de fondo, en que estaban en juego aspectos medulares del espíritu del Opus Dei, ni en cuestiones menudas, aparentemente sin importancia.

Porque sabía querer, supo corregir. Sus advertencias no herían, no aplanaban. Ponía tal afecto –por enérgica y clara que fuera la corrección–, que todos se sentían queridos, y animados a hacer las cosas bien.

Este afecto determina que el Opus Dei sea familia, fuera de todo eufemismo. Y ese cariño alcanza especialísimamente a las familias de los socios de la Obra.

Fruto de su meditación del quinto misterio gozoso del Santo Rosario –el Niño perdido y hallado en el Templó–, el Fundador del Opus Dei había escrito: (…) Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús –;tres días de ausencia!– disputando con los Maestros de Israel (Le., II, 46), quedará muy grabada en tu alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial.

Era una obligación clara, siempre vivida así en la Iglesia. Pero también, siempre que fuera posible, quería el Fundador del Opus Dei que los socios de la Obra que no vivían con sus padres los acompañasen en los momentos duros, al menos –cuando les resultaba imposible estar físicamente a su lado– con su oración incesante, con sus continuas cartas, o con la compañía de otros socios de la Obra.

Lo vivió así. Y enseñó a vivirlo a los más jóvenes, que –por temperamento, casi por ley de vida– podían encubrir el amor y el agradecimiento hacia sus padres con un cierto y aparente –a veces simplemente perezoso– distanciamiento.

Como anota don Remigio Abad, que desde hace años es capellán de Xaloc, obra apostólica promovida por el Opus Dei en Hospitalet de Llobregat, “me enseñó a querer a mis padres con un cariño más intenso; en varias ocasiones me preguntó –sabía que yo era perezoso para escribir–: ¿Cuántos días hace que no escribes a tus padres? Él los encomendaba cada día en la Santa Misa–.

Cuando le hablaban de padres que no acaban de estar contentos de que sus hijos fueran socios de la Obra, era a éstos, generalmente, y con toda razón, a quienes echaba la culpa. Porque no sabían ser fieles, en la práctica, al espíritu de la Obra. Una madre brasileña escribía en 1974 a su hijo, después de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer:
“Querido hijo:
“Después de siete años, puedo nuevamente mirarte a los ojos y decirte: realmente fue mejor así. Realmente tenía que ser así.
“Ahora ya puedo ver una cruz, una iglesia, sin sentir dolor en el corazón. Sí, ahora ya puedo ver que no te me robaron. Que tú tenías que marcharte. Y que tu mundo es maravilloso.
“Tú, hijo mío, eres un privilegiado. ¡Cómo me cambió el Padre! El me devolvió a ti. Y también a Dios, a quien ahora puedo amar.
“Hijo mío, procura seguir las enseñanzas del Padre. Para mí es como si fuese el mismo Amor de Cristo”.

El corazón del Fundador del Opus Dei era de veras paterno. Por eso comprendía muy bien los sentimientos de todos los padres. Y por eso tenía siempre en cuenta a las familias de los socios de la Obra. Cuando las necesidades del trabajo los llevaban lejos, les animaba siempre a que les escribieran con frecuencia, a que les dieran buenas noticias, a que les hicieran partícipes de su alegría: pues la dicha del hijo es lo que más alegra el corazón de unos padres.

Lo vivió así, con todos, incluso en los momentos tremendos de la guerra de España. Le emocionaba mucho a Enrique Espinós Raduán, que estuvo unas horas con el Padre en Valencia, en octubre de 1937, cuando pasó por allí camino de Barcelona. Espinós fue a despedirle a la estación con su primo Francisco Botella. De aquella entrevista conserva una impresión de serenidad y de paz, de inmensa confianza en Dios. Más adelante Paco se reuniría con don Josemaría en Barcelona, y estaría con él hasta cruzarlos Pirineos. Unos meses después Enrique Espinós empezó a recibir cartas firmadas por Isidoro, Zorzano dándole detalles sobre sus pasos desde Valencia a Burgos: “Era una muestra de fina caridad conmigo y con los padres de Paco; no hay duda de que lo hacía por sugerencia del Padre, ya que yo no conocía a Isidoro”.

También don Pedro Casciaro tuvo ocasión de experimentarlo por aquellos días. Había hablado muchas veces al Fundador de la Obra sobre la vida espiritual de su padre, hombre de virtudes humanas y gran bondad, pero al que su preocupación por mejorar las condiciones de los obreros le llevó a militar en un partido político que fue derivando hacia posturas cada vez más anticlericales. Dentro de ese ambiente, se retraía de prácticas externas de la religión. Don Josemaría animaba a Pedro a invocar confiadamente a la Santísima Virgen. En diciembre de 1937, después de llegar a Andorra, quiso pasar por Lourdes antes de regresar a España. Pedro se disponía a ayudarle en la Misa que iba a celebrar. Ya al pie del altar, se volvió delicadamente hacia él, que estaba arrodillado en la grada, y le dijo en voz baja: –Supongo que ofrecerás la Misa por tu padre, para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana. Don Pedro Casciaro quedó sorprendido: “Realmente yo en ese momento no había hecho tal intención, pero le contesté en el mismo tono: –Lo haré, Padre”.

Cuando acabó la guerra, su padre tuvo que exiliarse. Sufrió muchas privaciones, pero el Señor le movió a vivir como cristiano fervoroso, con una piedad sincera. Durante los últimos once años de su vida –murió con mucha paz el 10 de febrero de 1960, víspera de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes– fue hombre de oración, de Misa y Comunión diarias. Quiso mucho al Fundador del Opus Dei y era Cooperador de la Obra.

Cuando el Opus Dei creció por el mundo, no disminuyó el cariño. Es algo que no puede atribuirse a causas humanas: personas de razas y temperamentos muy diversos, que no conocían el castellano y quizá nunca habían visto físicamente a Mons. Escrivá de Balaguer, le trataban –le querían– como a auténtico Padre. Y es que era Padre de veras. Lo hacía notar un destacado pedagogo español, Víctor García–Hoz, que le había conocido en 1939: “Una de las cosas que más me llamó la atención en os últimos años del Padre fue ver cómo en las catequesis multitudinarias, en tertulias de cientos y aun miles de personas, sabía conversar con aire de intimidad. Es cosa que no me explico sino por una gracia especial de Dios”.

El Fundador del Opus Dei había recomendado y practicado siempre el apostolado personal, de amistad y confidencia. Pero a medida que el desarrollo de la Obra fue haciendo imposible que recibiera y hablara con todos y cada uno de los que querían escuchar su enseñanza, surgió con naturalidad este tipo de tertulias, en algunas de las cuales llegaron a participar más de cinco mil personas en torno a Mons. Escrivá de Balaguer. Era llamativo comprobar que nunca resultaban masivas, sino que tenían el ambiente de una reunión familiar. Todos se sentían en familia, identificados con quienes iban preguntando o contando cosas: tanto una señora de ochenta años, como un chico de quince; un casado con muchos hijos o una mujer soltera; un obrero, .in profesor universitario o una artista de cine… Los temas de conversación surgían de problemas o inquietudes personales. El Padre mantenía el tono personal, íntimo. Y todos se unían en la misma preocupación y recibían sus respuestas como si se dirigiese a cada uno en particular.

De algunas de esas tertulias se conservan imágenes filmadas en color, con sonido directo. Una sola de estas películas describe mejor que muchas páginas cómo era el Fundador del Opus Dei y cómo quería a todas las personas que se apiñaban a su lado. El 16 de junio de 1974 la reunión fue en un salón enorme del Palacio de Congresos General San Martín, de Buenos Aires. Se inició con unas palabras muy breves:
No os llamará la atención si os digo –porque os parecerá lógico– que yo esta mañana, en la Santa Misa, me he acordado mucho de vosotros; y también en la acción de gracias. He pedido al Señor por cada uno: por sus preocupaciones, por sus ocupaciones, por sus afectos, por sus intereses, por su salud temporal, material, y por su salud espiritual. Porque os quiero felices. Y me acordaba de que íbamos a parecer aquí como una muchedumbre. Ya estamos acostumbrados en el Opus Dei, y sabemos que no somos eso: somos una familia. A los dos minutos de hablar, la muchedumbre se convierte en un grupito. Hablamos con el cariño de media docena de personas que se entienden.

Poco después, un paraguayo señaló que su madre, de la Obra, había muerto rezando por su Fundador. Una mujer, cuyo marido era del Opus Dei, quería saber qué le faltaba a ella para decidirse también. Otro estaba preocupado porque, a veces, la intensidad del trabajo profesional hace más difícil darle sentido sobrenatural. Luego tomó la palabra un socio de la Obra, que estaba allí con su madre, viuda, inquieta por lo que pudiera ser de su hijo cuando llegase a viejo…
–Dice que no voy a tener familia… Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique que tenemos familia, que nos queremos mucho, y que además somos siempre jóvenes, como usted…

Mons. Escrivá de Balaguer ilustró su respuesta con una anécdota antigua. Una vez un gran personaje atacó a un socio de la Obra, porque éste, en el ejercicio de su libertad civil, había manifestado su disconformidad. Entre otras cosas, habló de que este socio de la Obra no tenía familia. Entonces, el Fundador del Opus Dei fue a verle, y le dijo: –Tiene mi familia; tiene mi hogar. Aquel personaje pidió perdón. Y continuaba: Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ¡Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! (…) ¡Es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!

Muchos apreciaron aquel día que allí –en el Palacio de Congresos– había sabor de primitiva cristiandad, que vibraba con un solo corazón, con una sola alma, con un único afecto. Y entendieron que, verdaderamente, el Opus Dei es hogar, pleno de cariño humano y delicadezas santas.

Dos años antes, el 22 de noviembre de 1972, en Barcelona, una chica joven manifestó al Padre, en una reunión semejante:
–El otro día estuve también en una tertulia con usted. Al salir, una amiga me dijo: –¿Te has fijado en esos sacerdotes que estaban con el Padre? Seguro que le han oído miles de veces decir las mismas cosas. Y, sin embargo, con qué cariño le miraban. ;Cómo se quiere la gente del Opus Dei!

La respuesta fue rápida, inmediata, emocionada:
¡Pues sí! ¡Nos queremos! Sí, señor. ¡Nos queremos! Y es el mejor piropo que nos pueden decir. Porque de los primeros fieles afirmaban los paganos: mirad cómo se aman.

Misa en sufragio 9-XII-09 (Boletín de Montalegre)

La devoción privada dirigida al Siervo de Dios José María
Hernández Garnica se ha destacado en las últimas
celebraciones de la iglesia

El 7 de diciembre del 2009 se cumplían 37 años del traspaso del alma del sacerdote José María Hernández Garnica. En la homilía de la novena de la Inmaculada se recordó cómo los primeros pasos en el sacerdocio los hizo en esta ciudad de Barcelona, adonde volvió a lo largo de la su fecunda vida apostólica por todo el mundo, y donde finalmente murió. Está enterrado en el cementerio de Montjuic. (*)

Misa de difuntos por su alma

Además de esta significativa referencia, especialmente se celebró una misa el día 9 de diciembre y como en el actual tiempo litúrgico del adviento se pueden hacer algunos cambios, como los aniversarios de difuntos, así se hizo por el sacerdote José María. Con esta entrada, el Rector de la Iglesia de Santa Maria de Montalegre nos preparó para rezar por su alma. En la homilía recordó el compromiso efectuado el año pasado en las mismas circunstancias: celebrar anualmente una misa por su sufragio. Meses antes, el 17 de marzo del 2008, se había cerrado el proceso diocesano de la causa de canonización que se había iniciado el 28 de febrero de 2005.

Pasado el vestíbulo de la iglesia, y entrando en el templo, estaban, para todo el que quisiera disponer, las hojas informativas que glosan su vida, así como las estampas que invitan a la devoción privada de este Siervo de Dios. No obstante, dijo el Rector, es necesario pensar lo que quiere decir dar culto público a un ciudadano que es posible que ya esté en el cielo. Si esto se promueve puede, incluso, hasta parar la causa de un proceso de canonización, porque en esas circunstancias no se puede dictar ninguna resolución al respecto. Una vez parada la causa, es necesario que pase el tiempo, y en la Iglesia esto puede significar como unos cien años…

Estamos seguros que la vida de D Jose Maria es santa.

El cristiano sabe bien detectar cuando una persona es santa en vida. Pero siempre es necesario que la Iglesia lo dictamine, es imprescindible que el Santo Padre lo diga. A partir de ese momento es cuando se puede dar culto público. Mientras tanto, Mn. Francesc Perarnau nos dijo lo que podíamos hacer, y lo que hemos de hacer es rezar. Y si el Siervo de Dios José María ya es santo la oración nunca, nunca, se pierde.

De forma asertiva manifestó: “Estamos seguros que la vida de D. Jose Maria es santa”. Y es importante la repercusión, el impacto, que esto tiene en la gente. Si creemos en su santidad lo hemos de dar a conocer, y sobre todo que se le encomienden cosas, que se le pidan favores porque así proseguirá la causa de canonización. Si lo creemos, nos hemos de comprometer. Añadió, que el milagro es fundamental, debe producirse. Pero esto ya no depende de nosotros, no obstante, se los hemos de pedir. Y para todo ello son muy útiles las estampas y las hojas informativas sobre la vida de este Siervo de Dios.

El Rector nos emplazo al año 2013 en el que se cumplirá el centenario del su nacimiento, soñando con la posibilidad de que en aquella fecha el proceso de la causa haya progresado, pues desde el cielo él ya está presionando en favor de lo que le pidamos. Y si nos concede un favor o un milagro, hay que escribirlo y entregar el escrito en esta iglesia.

Datos de interés especial

* Los restos mortales de D. Jose Maria Hernández Garnica reposan en el cementerio de Montjuic de Barcelona, en el panteón 33 de la Agrupación 11 de la Via de la Santíssima Trinitat.

–  Para más información, pueden encontrar otras noticias en esta web de l’Església de Santa Maria de Montalegre www.montalegre.org.

–  Así como en el nuevo blog de D. Jose Maria https://hernandezgarnica.wordpress.com/novedades/ .
Isabel Hernández

10-12-2009