Los comienzos de su vocación: un martillo y unos clavos

En sus viajes por Inglaterra

Los comienzos de su vocación: un martillo y unos clavos1

En otoño de 1934, José María Hernández Garnica conoció el Opus Dei y a su Fundador. Nada más llegar a la Residencia de la calle Ferraz, San Josemaría le saludó y le dijo: “¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos y, ¡hala!, a clavar allá arriba”. El gesto le ganó y,
desde ese instante, se sintió muy bien acogido, como en su casa. Estudiaba Ingeniería de Minas en la Escuela Técnica Superior de Madrid.1

Sus conversaciones con San Josemaría, los ratos de oración, las horas de estudio y el trato con los otros estudiantes que frecuentaban DYA,
fueron calando en su alma. El último año de vida, en una meditación escrita rememoraba aquellos primeros meses: “Cuando ya tenía 20 años fui por primera vez por la Residencia de estudiantes de la Obra, allí pude descubrir un mundo nuevo, que era sacar sentido a la vocación y a las virtudes cristianas, aprender a tratar con Dios hasta alcanzar el concepto de hijo de Dios. Y un lento pero constante ascender en las virtudes cristianas. Es decir, que aprendimos el hablar con Dios, el conocer la amorosa Providencia divina, el sentido sobrenatural del trabajo, que daba
un sentido cristiano completo a nuestra vida.

Y todo ello respirando un aire de amistad que nos enseñaba a ser humildes, desconfiando de nosotros mismos, pero que abría un panorama al descubrir la alegría del dar”2.

Le gustaron especialmente el ambiente de alegría que se respiraba y el respeto a las opiniones de los demás. A lo largo de su vida recordó muchas veces que allí había un cuadro con las palabras del Mandamiento del Amor, tomadas de San Juan. De ese modo crecía en las almas de aquellos estudiantes la necesidad de quererse y de comprender los puntos de vista ajenos.

Aprendió el ofrecimiento de obras y a luchar por tener presencia de Dios. Rezaba el Rosario, y hacía un buen rato de oración mental. Para asistir a Misa debía madrugar, para llegar puntualmente a clase en la Escuela de Minas. Ese plan de vida le ayudó a encontrar a Dios en medio de las tareas cotidianas.

Poco a poco, el Señor se metió con más intensidad en su alma, hasta que descubrió que le pedía la entrega de su vida entera. Aquel chico de elegantes maneras, que hablaba más con la mirada que con las palabras, decidió responder a la llamada de Dios el 28 de julio de 1935. Desde entonces aumentó la preocupación apostólica por sus amigos, a los que invitaba para que recibieran formación cristiana. Con su buen humor y sus frases castizas madrileñas, hacía reír a todos.

Chiqui enseguida descubrió, y agradeció toda su vida, el espíritu de familia que desde el comienzo se vivía en el Opus Dei, “donde se quiere y se nota constantemente el ser querido”3.

_________________

1 Extracto de: José Carlos Martín de la Hoz, Por los caminos de Europa, ed. Palabra, Madrid 2004.
2 José María HERNÁNDEZ GARNICA, Meditaciones, 8.V.1972, AGP, JHG, E-00069, p. 2.
3 José María HERNÁNDEZ GARNICA, Meditaciones, 28.II.1972, AGP, JHG, E-00063, p. 1.

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