Josep María Hernández Garnica: los que son de todos

FERRAN BLASI

Catalunya Cristiana, 11 junio 2009

Cómo nos gusta considerar ligadas a nosotros, a personas entrañables que no han nacido aquí pero han estado entre nosotros. Lo digo ahora pensando  en un colega con quien coincidí en Barcelona, y en otros lugares: José María Hernández Garnica. Con todo, no queremos olvidar que este barcelonés para la eternidad nació en Madrid, de padre valenciano José M.  Hernández Delás, Ingeniero de caminos, y madre madrileña, con raíces en la costa cantá brica,  Adela Garnica Echevarría, de conocidos apellidos en el ámbito financiero.

Nunca lo he sentido lejano a José M. Hernández Garnica, desde mucho antes de tratarlo asiduamente. Leí este nombre el año 1944, con motivo de su  ordenación sacerdotal. Por lo que parece, ya desde jovencito, no me ha faltado curiosidad de periodista. Resulta que había visto en una revista -“Catolicismo”- un artículo  de -Mons. Ángel Sagarmínaga- sobre un hecho de aquellos días: habían recibido el presbiterado tres profesionales jóvenes que eran del Opus Dei: dos Ingenieros de Caminos y uno de Minas, y además, Doctores en alguna otra facultad.

Yo cursaba cuarto de bachillerato en el Colegio de los claretianos en Barcelona, y  pregunté el sentido de aquella noticia que se relacionaba con aquellos ingenieros, que en adelante, serían también sacerdotes. Fue para mí la primera información sobre el Opus Dei. Me la dio el director del Colegio, P Josep Jiménez Delgado, gran latinista, el cual, años después fue catedrático universitario. Me explicó que el Opus Dei lo fundó en 1928 en Madrid, mosén  Josemaría Escrivá, nacido en Barbastro. Hablaba de esto con gran simpatía y a ello contribuía  la estima que algunos religiosos de su congregación, especialistas en diversas materias, tenian hacia el fundador del Opus Dei, a raíz de su participación como  en la formación teológica de aquellos profesionales maduros.

Nunca más he olvidado la sugerente fotografía que ilustraba el artículo, donde se veían aquellos tres hombres: Álvaro del Portillo, José M. Hernández Garnica y José Luis Múzquiz, a los cuales había conferido el sacramento del orden el Dr. Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid.

A uno de ellos, el Dr. Hernández G., le tocaba venir a Barcelona con vistas a la atención sacerdotal de los miembros de la Obra que iban surgiendo y dar a conocer este camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano. Dirigió muchos cursos de retiro espiritual, y sé que participaron en ellos  amigos míos. Uno de ellos, Jordi Rubió i Lois, y me consta que José M. Hernández Garnica pudo constatar la ejemplaridad del padre de aquél, Jordi Rubió i Balaguer, dolorosamente perjudicado en la postguerra, y comentar  la erudición de gente de la saga  Rubió i Lluch i  Rubió i Ors. Supongo que  el Dr. Hernández G. le debió de hablar de la guerra, que pasó íntegramente en la zona republicana: primero en la cárcel,  pero a punto de ser fusilado, misteriosamente liberado , lo incorporaron  al frente  hasta el final de la guerra.

Su entrenamiento pastoral aquí y su identificación con nuestra gente le debieron de servir mucho para la labor encaminada a hacer arraigar  el Opus Dei en otros diversos países de Europa: Francia, Suiza, Islas Británicas, Holanda, Alemania, ayudando a personas de aquellos lugares, que a veces habían conocido la Obra, fuera de allí, por razón de estudios y que regresaban a sus sitios. A Maria Roser Martí i Bas, asistente social, la primera barcelonesa que pidió  la admisión en el Opus Dei, la he oído hablar del interés del Dr. Hernández G. por la gente y las cosas de nuestro país, y de la labor formativa, que realizado con gran sentido práctico, en escuelas que llevaban adelante las mujeres de la Obra.

Cuando José María H.  estaba gravemente enfermo, con la muerte  pronosticada a corto plazo, san Josemaría,  quiso que desde Navarra, viniera a Barcelona, donde  habían de intentar un tratamiento radiológico innovador que, sin embargo, no consiguió detener el proceso de la enfermedad, que le llevó a a la muerte en Barcelona el 7 –XI- 1972. En  una de les estancias de san Josemaría en Barcelona, por aquellos días, se vieron por última vez  en  la tierra.

Así,  su cuerpo mortal se ha quedado en el cementerio de Montjuic, siempre acompañado  de visitas, de plegarias y de flores. Desde  Barcelona, su tránsito y su estancia combinan una dimensión internacional, y una nota histórica barcelonesa.y podemos ver con gozo el inicio del proceso de canonización. Agrada recordarlo oportunamente en el 95 aniversario de su nacimiento, el 17 -XI- 1913.

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